“Populismos autoritarios” como los de J. A. Kast son un desafío para la democracia

Por Mladen Yopo

Gran parte de la actividad de estos liderazgos de extrema derecha se concentra en perseguir a sus críticos. J. A. Kast en su programa propone terminar con Flacso, el Instituto Nacional de Derechos Humanos, privatizar TVN, denunciar el Convenio 169 de la OIT, reducir los funcionarios públicos en un 10%. Y además de inventar noticias falsas, que los medios deben desmentir, el egocentrismo “monárquico” de estos liderazgos los hace crear sus propios “partidos”, emulando el “principio del líder” de Hitler (“Fuhrerprinzip”), más allá de los referentes tradicionales de la derecha, como el Partido Republicano en el caso del exdiputado de la UDI.

Un artículo del diario El País resalta que la derrota de Trump no solo le dejó a Bolsonaro una responsabilidad en su ofensiva global (Boris Johnson estaba debilitado por el Brexit, entre otros), sino también un manual no escrito de tácticas para erosionar la democracia/derechos humanos a nivel global, tal como lo escribe en un correo la asesora de la Oficina de Asuntos Globales del Departamento de Salud del gobierno de Trump, Valerie Huber (enero de 2021), al expresar que “Brasil se ha ofrecido amablemente a servir ahora como coordinador de esta histórica coalición” que reunía a los “autoritarios populistas de derecha”. En Chile, José Antonio Kast y su “Nueva Derecha” han mostrado predisposición para subirse a esta cruzada conservadora con su “Coordinación Internacional Anti-Radicales de Izquierda”.

Más allá de las particularidades, Stuart Hall llamó a este tipo de liderazgo (las “nuevas caras de la extrema derecha”) como “populismo autoritario”, para caracterizar a los Bolsonaro, Trump, Vox, Le Pen, J. A. Kast, Javier Milei y otros (incluso aquellos como Daniel Ortega, que al asumir las formas de la derecha autoritaria mutan hacia una “izquierda de derecha”).

Lo notable del enfoque de Hall, como lo plantea Diego Sztulwark, fue su capacidad de retener simultáneamente lo nuevo y lo viejo, las continuidades de los fascismos clásicos con las innovaciones o rupturas de este fenómeno. Hall usó este concepto para caracterizar la coyuntura de fines de los 70, cuando la crisis (al igual que hoy) condujo a los polos de izquierda y derecha a sobrepasar un punto muerto, ese momento de equilibrio inestable y de crisis de hegemonías, donde las fuerzas políticas se reagrupan: por un lado, quienes están a favor de profundizar la vida democrática y expandir la lucha popular-democrática (como el momento constituyente que vive Chile) y, por otro, una clase dominante que enfrenta la tarea de preservar la integridad de un Estado conservador como clase aseguradora del sistema y de las estructuras de poder. Esta coyuntura transformadora les exige a las derechas una estrategia de renovación y de reagrupación para producir nuevo equilibrio/respuesta.

Según Hall, la derecha sabía que en un proceso de restauración/revolución el campo estratégico era la democracia y, por lo mismo, perseguirían una política de democracia populista acompañada de un autoritarismo solapado (pero creciente) con un consenso popular pasivo (en nombre del pueblo, la gente, la fe pública, la patria o lo que sea, pero sin ellos).

Estos fenómenos reaccionarios emergentes (“posfascismo”, de acuerdo a Enzo Traverso) tienden a gobernar como si estuvieran en una eterna campaña electoral, donde escuchamos continuamente la narración divergente y clásica de “comunismo o libertad”, interpelación que rebota en todas partes pero que hoy se nutre de nuevas articulaciones y formatos. En términos prácticos, gobiernan como representantes de una “extrema derecha nacional-religiosa”, con añadidos como “autoritarismo, sectarismo, occidentalismo, anticomunismo y liberalismo económico”, anclados generalmente a un “andamiaje pentecostal”, como lo pronosticaba el 2019 Jean-Jacques Kourliandsky al escribir sobre Jair Bolsonaro.

Durante las campañas y con una retórica exhibicionista, por un lado, llevan el debate político al campo moral/religioso, al centrar su discurso en los valores de la familia cristiana conservadora (J. A. Kast ha dicho que si fuera homosexual sería casto, que no cree en el matrimonio igualitario, fue el único candidato que asistió al TeDeum evangélico y lleva 30 candidatos evangélicos en su plantilla y hoy muchos pastores trabajan por su candidatura), en contraposición a unas izquierdas más preocupadas por la ampliación de la democracia, los DD.HH., la diversidad y las minorías. No es casualidad que, en las elecciones de 2016 en EE.UU., un cuarto de los votantes se identificó como cristiano evangélico blanco y un 81% votó por Trump; o que en Brasil un 30% se declare evangélico y un 70% de estos haya votado por Bolsonaro el 2018.  Y, por el otro, emplean un discurso nacionalista “rancio e ignorante”, securizante, para apelar a los instintos más bajos (el miedo) de las personas, para posteriormente ofrecer respuestas represivo-autoritarias taxativas (más penas y sanciones para la violencia urbana, más cárceles, uso masivo de las instituciones armadas), muy ajenas a la complejidad de los problemas actuales.

Kast, por ejemplo, y a pesar de la gran crisis humanitaria de Venezuela o de que la inmigración sea un fenómeno del mundo actual, en una concepción “militarista” ha dicho que cerraría la frontera, crearía una unidad especializada de la policía al estilo de la unidad de Immigration and Customs Enforcement de EE.UU., masificaría el uso de herramientas de análisis biométrico y expulsaría a todas las personas que llama ilegales, en un claro acto criminalizador y clasista de la inmigración pobre.

Sztulwark dice que este rasgo “securitista”, se entiende “como el esfuerzo agresivo tendiente a la defensa de un privilegio o supremacía (social, racial, nacional, sexual, étnica, propietaria) que se percibe como amenazada, ya sea por la profundidad de la crisis/grieta o por la fragilidad de las estructuras sobre las que se sostiene”. Se trataría de una reacción paranoica, obsesionada por fantasmas considerados perturbadores y/o amenazantes (comunismo, terrorismo y un amplio espectro más) y la actitud decidida a proteger activamente lo que cree en peligro.

J.A. Kast, en su programa de gobierno, por ejemplo, dice –en una lógica conspirativa– que en Chile “hoy existe un severo castigo social a todo quien denuncie o no acate las ‘transformaciones políticas’ (y totalitaria agrega en otro párrafo) decididas por el consenso progresista (…), maquinada y liderada ampliamente por círculos académicos, medios de prensa tradicionales, grandes empresas tecnológicas, organizaciones internacionales, sectores acomodados dentro del aparato burocrático estatal, empresarios favorecidos por la política y partidos políticos tradicionales”.

Al final, terminan proponiendo discursos llenos de argumentos amenazantes y falaces, políticas públicas belicistas inconsistentes con la democracia y/o propuestas inviables/insostenibles financieramente, como el muro de Trump o la zanja frente a Colchane de Kast para detener las inmigraciones (habría que cavar una de 861 km con Bolivia y otra de 168 con Perú, sin contar el mar).

Gran parte de la actividad de estos liderazgos de extrema derecha, se concentra en perseguir a sus críticos (J. A. Kast en su programa propone terminar con Flacso, el Instituto Nacional de Derechos Humanos, privatizar TVN, denunciar el Convenio 169 de la OIT, reducir los funcionarios públicos en un 10%, inventar noticias falsas que los medios deben desmentir, si es que existe prensa independiente (Trump llamó en varias ocasiones a la prensa “enemiga del pueblo norteamericano”, al ser interpelado por sus falsos anuncios o engaños) y fomentar crisis políticas con otros poderes que garantizan los “check and balance” (Bolsonaro y la justicia).

En el programa de J.A. Kast se plantea, por ejemplo, volver a una concepción de soberanía arcaica ante la interpelación de actores internacionales por la trasgresión de estándares humanitarios/democráticos mínimos: plantea que “Chile debe restablecer y hacer valer el principio de Supremacía Soberana; hay una proliferación de funcionarios no electos que se inmiscuyen permanentemente en los asuntos internos de Chile, en alianza con otras entidades no gubernamentales, chilenas y extranjeras; la Constitución debe tener precedencia sobre tratados internacionales; o hay que denunciar el Pacto de Bogotá”).

El egocentrismo “monárquico” de estos liderazgos los hace crear sus propios “partidos”, emulando el “principio del líder” de Hitler (“Fuhrerprinzip”), más allá de los referentes tradicionales de la derecha (el Partido Republicano de Kast, “La Libertad Avanza” de Milei, el partido “militar” más Alianza por Brasil de Bolsonaro o el movimiento Make America Great Again – MAGA de Trump, entre otros). También, al llegar al poder, estos populistas autoritarios usan la maquinaria del Estado para fortalecer las capacidades que podrían sostenerlo y gobernar prescindiendo de la propia democracia, por ejemplo, a través de decretos presidenciales (en sus primeros dos años y medio Bolsonaro promulgó 1.060 decretos) que favorecen a sus partidarios en flexibilidades ambientales, burlas impositivas o prebendas directas o usando la discrecional Ley de Seguridad Nacional promulgada en 1983 para reprimir, nombrando miembros leales en puestos claves de los poderes públicos, rompiendo los equilibrios de poder (Trump desbalanceó y fortaleció el conservadurismo en la Corte Suprema con sus nombramientos), privilegiando a las FF.AA. y la policía (Bolsonaro les ha dado enormes prebendas y J.A. Kast les ha prometido apoyo total).

Jan-Werner Müller, en su libro What is Populism (2016), expresa que “los populistas dicen que ellos y solamente ellos, representan al pueblo”. En esta afirmación encontramos la clave de su razonamiento: “el pueblo” no incluye a todas las personas y los universos que lo conforman; excluye a “los enemigos del pueblo”, quienes podrían ser descritos como un tipo de extranjeros, la prensa, minorías, pueblos originarios, comunistas, feministas, ecologistas, homosexuales, transgénero y/o todos los vistos como opuestos a ese “nosotros”. El populismo es uniformador y defiende sus dogmas con determinación y exuberante irracionalidad; es decir, su verdad mesiánica y unilateral está por encima de todo en su cruzada “salvadora”.

Cualquier cosa que contraargumente a este tipo de “liderazgo negligente”, como lo llama Julia Alsina, da igual que sea con la fuerza de la ciencia, la razón o datos duros, es denostada y cubierta bajo un manto de consignas y desinformación, y siguen difundiendo cual “pastores” sus certezas a la comunidad de fieles. Bolsonaro, por ejemplo, afirmó sin arrugarse que en Brasil no había gente que pasara hambre, a pesar de que en ese momento 5,2 millones de brasileños estaban hambrientos; Trump afirmó que Obama no había nacido en EE.UU. o que el virus del COVID-19 era una simple gripe; J.A. Kast aseguró con cara sonriente que la tasa de mortalidad materna es más alta en los países con aborto libre o que Carabineros no viola los DD.HH., afirmaciones que fueron refutadas rápidamente por las estadísticas y diversas organizaciones y expertos. Las contraargumentaciones a sus aseveraciones sobran, pero a ellos no les importa si es verdadero o falso su discurso, sino que sea creíble porque algo de ello quedará en una audiencia “amedrentada” (con miedo), que terminará buscando certezas en las promesas autoritarias (Hitler tomó el poder usando la demagogia incendiaria que apuntaba a estos instintos primarios).

Amenazados sus privilegios con el desarrollo y profundización de la democracia, hoy la derecha extrema ha decidido desinhibir su verbo y hablar claro en pos de reafirmar las relaciones de privilegio (ver el programa “Atrévete Chile” de Kast). En una “reacción sintomática” de la alta sensibilidad a la crisis y baja tolerancia a la menor vacilación de las estructuras, de anticipación constante ante la paranoia de la amenaza, están mostrando una brutal intolerancia hacia las figuras que son leídas como enemigos a derrotar: los supuestos elementos desestabilizadores de las creencias, la propiedad privada, la familia, el trabajo y el orden. Esta “Nueva Derecha” mundial desinhibida y sus liderazgos “populistas autoritarios”, que hoy exaltan “pulsiones oscuras” (parafraseando a Freud), se ha convertido en un claro desafío para la democracia (institucionalidad y valores), la estabilidad y la paz social.

Claramente a este tipo de liderazgo, con sus rasgos mesiánicos/polarizados/delirantes, no le gusta que lo contradigan y, por lo mismo, ve a la prensa independiente o profesional como un “enemigo”, manteniendo vetados a medios y periodistas. Pero lo que no deja de sorprender en sus repuestas, es el recurso anacrónico de un lenguaje de Guerra Fría, al denunciar una estrategia omnipresente y conspirativa del “marxismo cultural” en todas partes (en el lenguaje, las instituciones, el mundo entero de la comunicación); es decir, esta “Nueva Derecha” imagina preventivamente un enemigo y proyecta contra él maniobras bélicas. Así, desde que asumió Bolsonaro y al igual que Trump, son “habitués” (transmisiones semanales) de mensajes en las redes sociales junto a sus milicias virtuales/bots arengando a sus partidarios, en una estrategia para debilitar la democracia y atacar la independencia de la prensa, realidad que se agudiza al perder adherentes y batallas legales.

Al final, terminan atrincherados junto a sus partidarios en un círculo de páginas web (Trump está creando su propia red/Parler, luego de que fuera bloqueado de varias por difundir noticias falsas y llamar a la violencia) y medios que los apoyan incondicionalmente, perdiendo todo sentido de la complejidad y diversidad de la realidad (se convierten en un culto). El Huffington Post, al hablar de Bolsonaro, lo ancla como “fascista, machista, misógino, homófobo y racista, lo tiene todo” dice, mientras Joao Doria, gobernador de Sao Paulo, ha dicho que “estamos en uno de esos momentos trágicos de la historia en los que millones de personas pagan un alto precio por tener un líder psicópata y desprevenido a cargo de una nación”.

Al hablar de Bolsonaro, Jorge Zaverucha afirma que “no tiene ninguna convicción democrática, la acepta por razones estratégicas (pero) se mantiene a la espera de que un día los vientos soplen hacia una solución autoritaria (en la que se) pueda embarcar”. Esto lo ha llevado a erosionar parte importante de la institucionalidad democrática y marco civilizatorio en Brasil. Figuras como Kast han insinuado convicciones similares (autoritarismos en esencia): además de apoyar el uso de las instituciones militares más allá de su rol profesional, ha dicho que “yo sí defiendo con orgullo la obra del Gobierno Militar, sí creo que muchos militares y miembros de las FF.AA. están siendo perseguidos” y dice que terminará con las “persecuciones judiciales e indultar a todos aquellos que injusta o inhumanamente están presos”; “el gobierno militar fue llamado por la civilidad”; “en el gobierno militar se hicieron muchas cosas por los DD.HH. de otras personas”.

La sociedad civil y las propias instituciones democráticas del Estado son un gran obstáculo para estos liderazgos autoritarios. Aunque el ímpetu “golpista” de instaurar una suerte de “democracia protegida” los acompaña desde un inicio, su estrategia para debilitar las instituciones y mantenerse en el poder se hacen más evidentes a medida que su popularidad desciende.

Ante el temor de perder las elecciones y al igual que hizo Trump, por ejemplo, Bolsonaro ha sacado a sus partidarios a la calle con el propósito de dar un falso sentido de apoyo y amedrentar. En un virtual escenario en el que Bolsonaro pierda la reelección e intente mantenerse en el poder, la existencia de un amplio grupo de simpatizantes duros e irracionales armados (los más de 30 decretos firmados les permiten hasta 6 armas para civiles y 24 para cazadores, omitiendo la Ley 10.826 de Desarme) plantea un crítico escenario al igual que lo hicieron los partidarios de Trump al invadir el Capitolio el 6 de enero (en el caso de Brasil la verdadera prueba es el estamento militar, al ser la verdadera columna vertebral de Bolsonaro). Chile no está muy lejos de estos vicios de la violencia, como se vio en el oscuro episodio con los inmigrantes venezolanos en el norte o en la actitud de gremios como los camioneros, que siempre retrotraen al paro de octubre de 1972 financiado por la CIA.

Como lo recuerda Pedro Abramovay, director de Open Society para América Latina, “todos los gobiernos autoritarios actuales fueron degradando poco a poco la democracia, mientras Anne Applebaum, autora de El ocaso de la democracia, señala que la seducción del autoritarismo no solo expresa que las democracias más antiguas y estables son las que ahora están amenazadas, constatando con ello que la democracia en sí ya no es irreversible, como tampoco su supervivencia. Donald Trump ya dejó la Casa Blanca (aunque es candidato para el 2024), pero Diego Fonseca nos recuerda que América Latina mantiene viva su porción de gobiernos “dantescos”, afincados en el culto del personalismo autoritario, de la antipolítica con pocos principios como límites y una abundancia de autosuficiencia desdeñosa.

Amenazados sus privilegios con el desarrollo y profundización de la democracia, hoy la derecha extrema ha decidido desinhibir su verbo y hablar claro en pos de reafirmar las relaciones de privilegio (ver el programa “Atrévete Chile” de Kast). En una “reacción sintomática” de la alta sensibilidad a la crisis y baja tolerancia a la menor vacilación de las estructuras, de anticipación constante ante la paranoia de la amenaza, están mostrando una brutal intolerancia hacia las figuras que son leídas como enemigos a derrotar: los supuestos elementos desestabilizadores de las creencias, la propiedad privada, la familia, el trabajo y el orden. Esta “Nueva Derecha” mundial desinhibida y sus liderazgos “populistas autoritarios”, que hoy exaltan “pulsiones oscuras” (parafraseando a Freud), se ha convertido en un claro desafío para la democracia (institucionalidad y valores), la estabilidad y la paz social.