Nunca los olvidaremos

Por Almagro Valdivia

Cada día que pasa de estos 47 años los padres y madres, los hijos de los hijos, ahora nietos y bisnietos buscan todas las semanas en el norte y sur de Chile como en el mar y la cordillera a quienes la dictadura salvaje y brutal les arrebató en un mes de septiembre y de ahí en más. En 1970 después de cuatro postulaciones el movimiento popular, los pobres y los trabajadores, llegaban a la moneda llenos de ilusión por un país distinto y más humano, con justicia social y libertario. Había llegado “aquel famoso tiempo de vivir “   (G. Rodríguez). Atrás quedaban décadas de paros, movilizaciones y muerte, hoy, era el tiempo de la esperanza y la esperanza era juventud, ideas, arte, música, folclor, color y vida popular; eran: Quila, Víctor Jara, Pato Manss, y tantos otros. Y los ojos del mundo estaban puestos en Chile un pequeño país al extremo sur del planeta que llevaba a un socialista al poder tras las urnas. Experiencia inédita en el mundo occidental que se preguntaba a sí mismo como ellos no lo habían visualizado antes. Junto al presidente Allende los hombres y mujeres fueron tras un sueño: “una patria justa para todos” y así fue. Pero “el capital foráneo, unido a la reacción, crearon un clima de odio”. Después de tres testimoniales años Allende muere mártir el 11 de septiembre de 1973 a manos de los comandantes en jefe de las FFAA y su tropa. Así, la ignominia se instalaba en la patria, la desaparición de personas, la tortura y la muerte. Es la vergüenza no superada más grande que como país hemos vivido: los violadores estatales de los derechos humanos pagados por todos los chilenos se especializaron en matar: el 92% de las víctimas murieron por “ley de fuga” como si anduvieran dando un paseo por el campo tienen disparos en la espalda, quemaduras de tortura, muñecas rotas, hematomas, etc. Pinochet, el genocida, esperó agazapado su momento; los otros tres gorilas también. La ambición de poder, las carencias afectivas, el desprecio de los ricos por la gente pobre y el arribismo terminaron por seducir a las bestias y Allende metralleta en mano muere junto a un puñado de valientes defendiéndose con dignidad. El tiempo se encargó de aclararnos: todo fue un tongo de la derecha chilena y de los EEUU maquinación de la guerra fría. Pero también de termocéfalos de izquierda que, apitutados, se asilaron en las embajadas salvando sus vidas a costa de la sana e ingenua creencia del “paraíso en la tierra” de otros que entregados a la “causa” murieron.

Pero la historia circular vuelve y aquello que quisieron matar, vive y vive en abundancia y aquello que nunca debió ser, se pierde paulatinamente en el tiempo. A los agentes del estado que sembraron el terror las familias y generaciones futuras no recordarán ni sus nombres, ni tendrán estatuas, ni les harán canciones pues son seres despreciables; todos los olvidaremos. En cambio, “Los otros” vuelven todo el tiempo. Están en todas partes y existen: en nuestras oraciones, en el trinar de los pájaros, en la luz del sol que sale tras las cordilleras, en las sonrisas de los niños, en la mano amiga, en los que marchan, en los que cantan, en los que sueñan, en los que protestan con su olla, en los artistas, poetas e intelectuales, en plazas y parques y en la memoria de los que no los olvidamos. Viven en cada corazón chileno, en un rinconcito. Generación maravillosa de seres de luz que dieron alegría y frescor a Chile, que soñaron y cantaron. Que recorrieron los campos con sus trabajos voluntarios y pintaron el cielo de color subidos en cada nube uniendo todas las murallas de las poblaciones con sus murales. Chilenos maravillosos creadores de la vida, del amor, tejedores de sueños. Ellos trascienden a su historia y a la historia. Creían que los mataban y solo se agrandaban más y más hasta alcanzar la trascendencia que hoy tienen.

Septiembre es nostálgico de tanta vida truncada, pero al mismo tiempo, de tanta vida llena de esperanza. Nos toca trabajar incansablemente por hacer florecer a Chile, por llevarlo a buen puerto; por darle a las nuevas generaciones lo que otros no tuvieron abriendo las ventanas para que entre el aire fresco que traiga el Chile reconciliado del mañana ocupando su lugar. Los de ayer ya van quedando atrás y está bien, pues, son los otros que vienen los que con “ardiente paciencia” conquistarán ese futuro instalando a este pedazo de tierra digna al sur del mundo en el centro de este mundo. A desatarse de tanto resabio rencoroso y resentido. Con sus luces y sombras los pueblos tienen oportunidades históricas que necesitan ser salvadas y engrandecidos. Nos queda mucho por caminar y es tiempo de que los Partidos políticos, organizaciones e instituciones del estado pasen la posta de una vez para que vuelva la vida y la alegría en sus trabajos voluntarios, en sus intelectuales, en las organizaciones populares ,en los murales, las canciones la poesía y lo militantes de buena Fe que  derribarán las prácticas del oportunismo, del nepotismo, de la superficialidad, de la banalización de la política y del obscuro manejo de los poderes fácticos en los grupos de poder que operan en Chile y asolan las poblaciones. Basta de tanta inmundicia. No le dejemos a los niños que vienen: nietos, los hijos de los hijos, etc. Esta podredumbre mal oliente donde la mayoría roba, se acomoda y se hace el leso dejando pasar la ofensa sin reparo dejando morir a nuestros jóvenes en las poblaciones por la droga, la violencia y la falta de oportunidades. Septiembre es el día 4 y el 11 y todos los días. Seamos valientes y reentronicemos la promesa que muchos nos hiciéramos a los 15 años: liberar a Chile; que campee la democracia y las oportunidades de desarrollo. Pues nos sigue golpeando a la conciencia que a aquellos que murieron les debemos la grandeza de Chile. También a los más débiles a, los más vulnerables a los marginados, a los que aún esperan. Basta de devaneos fútiles y pongámonos serios: los que rindieron sus vidas, están desilusionados pues no murieron por una falsa realización como país, ni menos por la hojarasca de tanto fatuo hueco arribistón. Ellos interpelan todos los días nuestra conciencia pues su sacrificio aún no alcanza su alborada…