Manuel Canales: “Yo propongo que la Convención sea la foto del país”

Entrevista por Andrés Gómez / La Tercera

Académico de las universidades de Chile y de O’Higgins, Canales dice que el proceso constituyente está canalizando el fragor que se expresó en octubre, pero advierte que falta un proyecto que enfrente la desigualdad de clase.

La canción se escuchó otra vez. Nacido en los años más ásperos de la dictadura, el tema de Los Prisioneros recogió la falta de expectativas de la generación de los 80, la de pateando piedras, y 25 años después volvió a resonar para una generación nacida en democracia. Para el sociólogo Manuel Canales, El baile de los que sobran de algún modo refleja la esencia de la crisis de octubre. Con más oportunidades y acceso a educación, los jóvenes de hoy se sienten igualmente estafados, dice. “Octubre es la rebelión de los defraudados, que han vivido un doble castigo: no tener lo que querías y haberlo intentado. Y ese defraude sigue ocurriendo”, afirma.

Profesor en las universidades de Chile y de O’Higgins, Manuel Canales fue uno de los intelectuales que reflexionaron en torno al estallido en el libro Saltar el torniquete. A dos años, observa que en el proceso constituyente “estamos viendo un intento de conducir institucionalmente una energía muy potente de protesta y rabia, y una esperanza que habita en muchos rasgos de la Convención; eso sigue siendo lo que finalmente habrá que responder y no veo que hoy estén disponibles alternativas que respondan a ese asunto”.

“Ellos pedían esfuerzo, ellos pedían dedicación/ Y ¿para qué?”, preguntaban Los Prisioneros, y Canales cree que la pregunta sigue abierta. “Lo que queda sobre la mesa es la torsión cotidiana de los sujetos populares de las nuevas generaciones que han de vivir un relato donde han de hacerse competidores y autorremitidos, y luego de intentar los caminos que se les ofrecen terminan en esta incoherencia estructural”, dice.

En su opinión, la sociedad forma personas complejas, profesionales y técnicos, y no ofrece “espacios de empleabilidad” a la altura; a menudo muchos de ellos desembocan en trabajos precarizados, porque provienen de estratos sociales populares.

“Esa complejidad castigada con la imposibilidad de un puesto por origen social, que se jugó en el colegio del bisabuelo, y que intentó el juego de ser americano, hacerse a sí mismo, sigue allí”, dice Canales. “Y cuando eso explota, quedan dos cosas al descubierto: empieza la sospecha sobre el orden neoliberal, esta idea del tú puedes, las clases medias, el modelo chileno, todo eso se derrumba; seguirá vivo a punta de bonos, pero ya no funciona, ya perdió realidad. Y ese malestar va a dejar sobre la mesa el gran cadáver de esta sociedad: quedan los estamentos, los apellidos y la clase, por un lado, y el trabajo simple por otro. Aquí hay dos Chiles; el Chile del 8% de los colegios privados, que es el mismo de los años 50, y el resto. El resto terminan todos reunidos en los mismos puestos de trabajo de toda la vida: fruta, minería, construcción, transporte, retail. Queda entonces la frustración y la denuncia de la sociedad estamental y el trabajo simple. En Chile no hubo nunca una democratización de la sociedad, donde puede haber desigualdad, pero basada en mérito y no en herencia. ¿Cómo respondemos a esa cuestión crítica de los caminos sociales sostenibles de vida para las generaciones populares? Hoy no hay caminos coherentes”.

¿El enorme acceso a la educación no disminuyó la desigualdad de origen?

Es más, la hizo explotar. El acceso a la educación es el gran triunfo del neoliberalismo, uno de los modos de mostrar estándares de rendimiento, con gran ganancia de los bancos. Pero podría decirse que al neoliberalismo lo tumbó en Chile la ley maldita de la democracia: no puede haber una democracia en Chile mientras seamos una sociedad de estamentos, de clase, con trabajos de disponibilidad física, eso no da para democracia. Y por eso la pregunta que deja octubre es cómo proyectar una sociedad que rompa esta contradicción, me piden esto y no me lo dieron; no es lógico, pero el orden no quiere ser lógico, sin embargo, cuando explota tiene que parecerlo. Veo un asunto interesante en la discusión de la derecha, lo que piense o no la centroizquierda será interesante, pero hoy no sabe a quién representa. La derecha, en cambio, sabe a quién representa; la crisis de la derecha es la crisis de hegemonía de las clases dirigentes y quien más claro lo tiene es Marcela Cubillos. Muy lúcida, en los intentos de articular un relato que permita entender la crisis, se abre a un entendimiento de octubre como algo distinto a una suma de demandas legítimas de la gente, sino que lo entiende casi como el pueblo liberal frustrado marchando, y les toca a ellos su debilidad por no haber sostenido el sistema neoliberal para que no se les asfixiara la válvula meritocrática que ella veía en los colegios emblemáticos.

Es muy interesante que la derecha descubra aquello que la denuncia, porque si no hay meritocracia en Chile es porque eso beneficia a alguien, y beneficia a la clase dirigente. Parece que la Revolución Francesa aquí la tiende a ejercer la nobleza, porque, por otra parte, no se oye padre desde la izquierda entrarle al tema. Lo que está haciendo Marcela Cubillos es nombrar el tema de la esperanza cuando su relato ya no lo ofrece, y abre una ventana: por aquí es la esperanza que yo les traigo: la esperanza de los mejores de ustedes, y ahí empieza todo a ser muy ruidoso. Ella sabe que tiene que reivindicar el derecho de los que están en el estamento popular a diferenciarse, pues si no se genera la asfixia estamental que va a estallar.

La esperanza de la meritocracia.

Pero entiende que esa es la deuda. Te cito tres más. James Robinson, de Por qué fracasan las naciones: sois oligárquicos, eso es vuestro único problema. Navia dice: está bien, vencieron, llegará el estatismo, todo será un caos, vendrá alguien a hacer grande a Chile de nuevo y volveremos con nuestros principios. Ojalá que hayamos aprendido la lección, que esto es con igualdad de oportunidades. Brunner en su distancia dice: no olviden que la educación no sirve para mejorar trabajos, para conseguir empleos, para movilidad social ni disminuir la desigualdad, tampoco para formar buenos ciudadanos ni almas buenas. Las dos últimas son una pena, las primeras son la ley maldita de la democracia: mientras tengas una sociedad estamental con empleos simples, eso no da para democracia, pues se están instalando dos grupos de la sociedad que nunca se encontrarán.

¿La Convención puede responder a la esperanza de un cambio en este sentido?

Veo tres anillos del fragor de octubre, por un lado el entendimiento de ser sociedad, que es el componente antineoliberal. La sociedad que viene sabe que no partirá de los supuestos negadores de la Constitución de los 80 o de la idea básica de Thatcher de que la sociedad no existe y es solo el individuo, familias, solo órganos intermedios, y el Estado reducido a la vergüenza. Es lo que le dice Friedman a Pinochet: usted no sólo va a mejorar las finanzas, sino que está dando una enseñanza moral a su pueblo: nada puede esperarse mirando al Estado. Su pueblo va a aprender que el Estado no puede ser solucionador de todos los problemas; literalmente, el Estado no te conoce, si llegas aquí como pobre haré lo que pueda y te sacaré de la pobreza, te gradúo de pospobre. Creyeron que con eso el pueblo iba a ser feliz; fue feliz una generación, la segunda venía a cobrar. Estamos en una contradicción, y eso es el fundamento de una descarga de rabia que no es lo mismo que usar la violencia como métodos políticos. En ese sentido, la Asamblea Constituyente es fundamental, porque trajo a parte de octubre, tanto en el plebiscito 80-20, como en la misma elección constituyente que trae un componente de mucha representación fenotípica del conjunto social chileno, de un modo que parece extraño: éramos todas nosotras como nunca nos habíamos visto. La palabra de Elisa Loncón trae otro Chile que mantiene una pequeña esperanza. La Asamblea Constituyente trae una promesa de una Constitución que seguramente dirá “la sociedad existe, el grupo está contigo, la conciencia de ser social”.

¿Aprobar una nueva Constitución es suficiente para canalizar esa esperanza?

No, por sí sola no termina por encender una mística de una patria nueva fundada en un nuevo acuerdo. Octubre no solo fue antineoliberal, fue antineoliberal por la frustración de los resultados del modelo, por eso tiene razón Cubillos. Y eso la clase dirigente tiene que entenderlo. Hay una segunda cara que la Asamblea Constituyente tiene marcada y que también se expresó en octubre, pero tal vez no fue tan central: el movimiento de los pueblos originarios, los movimientos de las identidades, todas causas fundamentales en las que hemos podido avanzar gracias a octubre, pasar del pacto de conservadurismo patriarcal. La nueva Constitución será una Constitución antipatriarcal y eso será una gran victoria. Y sin embargo, tampoco con eso se enciende el sentido de esperanza. ¿Qué es lo que falta? Falta el componente antiestamental y antiempleo simple, falta el componente de los intereses del estamento popular, lo que se manifiesta en octubre es la condena del pueblo por siempre a trabajos simples, siempre jodido por tu apellido.

¿Y eso puede encontrar expresión en la Constitución?

De algún modo sí, ya la tiene, por la composición notable del conjunto, pero a contrapelo, porque nunca apareció salvo como Lista del Pueblo. Evidentemente, todo aquello es una emergencia que existe en las ambivalencias y tensiones de este proceso y logró parar una nave con la que entró un conjunto clave. Aprovechando con astucia que el bando estaba en el suelo, en el barquito entró gente muy interesante, muy diversa, con una marca de clase que no será olvidada. Lo mejor de la Asamblea era escuchar la lista de los participantes, parecía una lista de colegio común, y esa lista no se había escuchado en una composición de autoridades. Pero no llegaron representándose como tal, sino representando causas territoriales, específicas. No creo que la Constitución por sí misma puede resolver eso, pero me gustaría escuchar “eh, amigo, yo a usted lo conozco, aquí todos somos hijos de esta patria, somos una sociedad”. Y si no se acepta ninguna forma patriarcal, racista, ni clasista, ni machista, todas las formas en las que el patrón de fundo ha actuado, la Constitución traerá ese segundo principio. Chile no era solo liberal, sino también autoritario. Otra historia es cuando comienza la posibilidad de entendernos como ciudadanos, que somos todos personas libres e iguales, cuando dejamos de hablar de estamento con estamento y dejamos de condenar a las nuevas generaciones a los trabajos simples, que no aceptarían para sus hijos las clases dirigentes, cuando discutimos sobre la desigualdad, pero en serio. Por eso es interesante la discusión de la derecha, porque entienden que ese orden se acabó.

¿Gabriel Boric no representa a la juventud defraudada?

En un sentido general, sí, ese millón de votos es importante, es pueblo nuevo. Lo que digo es que sería interesante que Boric pudiera dialogar con Cubillos sobre la meritocracia y la desigualdad, no si hay o no desigualdad, sino cuál es la característica de la desigualdad en Chile. Es la idea de un estamento superior que hoy entró en crisis, porque como estamento superior nadie la reconoce y tiene que comparecer como estamento capitalista, y no sabe qué decir. Si me vas a hablar como clase capitalista y me vas a proponer una sociedad de trabajo con el conocimiento, con la complejidad, cuidado del medioambiente y nos vamos a asignar los muchos puestos complejos que va a haber ahora según capacidades individuales, bueno, te lo compro. Pero ofréceme eso, no el 8% de los colegios particulares, que se reservarán el 8% de los puestos de trabajo complejo.

¿Eso no lo está abordando Boric?

En su planteamiento no hay una referencia a la tensión oligárquica, clases dirigentes y clases dirigidas, o pueblo, o la desigualdad estamental, de clase. Es lo que dice la señora Morel cuando un día dice tendremos que compartir los privilegios. ¿Qué es eso sino una nobleza comenzando a imaginar la Revolución Francesa? Y eso es lo que no se ha nombrado todavía. Y hay que valerse de una Asamblea que sí trae a una representación popular como nunca la hemos tenido. Y yo propongo que sea la foto de este país, la foto con la que comparemos todos los gabinetes. Es la única que nos representa más menos, y eso que la clase dirigente está sobrerrepresentada en ella, pero aún así, ya parece la selección de fútbol, ya parece un curso común, ya se respira sociedad ahí y no la negación de la sociedad.