La nueva vía chilena

Por Carlos Ominami

A lo largo de su evolución Chile ha protagonizado, para bien o para mal, procesos políticos originales cuyo interés ha desbordado ampliamente sus fronteras. Entre los más recientes: la “revolución en libertad” de Frei Montalva, la “vía chilena al socialismo” de Allende, la “revolución neoliberal” de Pinochet y Friedman, y la “transición pacífica” de Aylwin.

La elección de Gabriel Boric ha suscitado un gran interés internacional. No es casual. Se trata, ni más ni menos, de resolver de manera democrática y progresista un conjunto de graves tensiones que condujeron a un enorme estallido social. En un mundo donde priman las salidas populistas autoritarias de derecha o de izquierda o las transiciones hacia “democracias iliberales”, se busca en Chile por la vía institucional profundizar la democracia y superar el neoliberalismo. En síntesis, una suerte de nueva “vía chilena” hacia algo que necesita una definición precisa, pero que necesariamente combine elementos propios de la socialdemocracia, la ecología y el feminismo.

La vía chilena al socialismo fue derrotada. Fue un intento de transformación social profunda en un contexto de Guerra Fría. El cuadro actual es enteramente distinto. A diferencia de Allende que obtuvo solo un 36% de los votos, Boric ganó con un 56%, lo que le otorga una base de apoyo mucho más amplia. Por otra parte, lo esencial del proyecto pasa por establecer un conjunto de derechos sociales y no por grandes traspasos de propiedad que generan siempre reacciones violentas de parte de los afectados. El proceso actual interviene además en un cuadro internacional, en donde Chile puede mantener una posición de no alineamiento respecto de las grandes potencias y enfrenta un entorno vecinal más favorable.

El proyecto de Boric no es por ello menos ambicioso. Desconstruir la sociedad de mercado a la que condujo el neoliberalismo y avanzar hacia un Estado social democrático de derechos es una tarea de envergadura histórica. Son muchas las condiciones que deben reunirse para asegurar el éxito del proyecto. Por de pronto, transformar una candidatura presidencial exitosa en un liderazgo potente capaz de superar las resistencias que enfrentará el proceso. Gabriel Boric tiene las condiciones para ello. Por otra parte, de la Convención Constitucional debe surgir un marco constitucional que permita la emergencia de una nueva gobernabilidad transformadora y no un simple catálogo de buenas intenciones a imagen de otras constituciones latinoamericanas, prolíferas en declaraciones líricas, pobres en instrumentos para hacerlas realidad.

Como la historia la hacen los pueblos, finalmente la condición fundamental, sine qua non, es la construcción de una fuerza social y política que le dé un sustento sólido al gobierno que comienza y permita proyectar su esfuerzo en el tiempo. De este modo, el cuadro de fragmentación política hoy día predominante debe necesariamente dar lugar a un reordenamiento del cual surjan partidos fuertes capaces de constituir un gran bloque por los cambios.