La crisis del COVID-19 en el mundo

Aproximaciones a la construcción de nuevos paradigmas

Por: Gonzalo Prieto Navarrete

Las siguientes líneas las escribo como un intento reflexivo en medio de un momento histórico, pero también difícil en lo humano. El coronavirus nos exige en el plano de lo psicológico, lo económico, lo político, lo ambiental, lo social. Como nunca la sociedad contemporánea y post moderna enfrenta un problema que nos pone a prueba en una complejidad multidimensional, donde debemos reflexionar con paciencia todo aquello que está ocurriendo, no sólo porque nos vemos obligados a ser parte de la creación de caminos de solución, sino como ejercicio biográfico del proceso.

Todos quienes nos dedicamos a las ciencias sociales, sabemos de antemano que no existen aún conclusiones claras sobre lo que estamos pasando, porque sencillamente todavía no termina. Pero el desafío que nos exige al menos nos obliga a documentar lo que vamos experimentando, incluso como un ejercicio terapéutico hacia nosotros mismos que no dejamos de darle vueltas a los pensamientos.

La deslegitimada estructura global.

Quisiera comenzar desarrollando algunas ideas que subyacen y que dan un contexto para el análisis y que nos permita comprender de qué manera estamos enfrentando el problema dada las preformaciones del sistema que organizan la acción de forma individual y colectiva.

Hoy más que nunca nos viene a la memoria la frase: “Problema global, solución global”. Sin embargo, esto aún no aparece en el horizonte la solución, sino que estamos frente a respuestas de carácter nacional propias de un contexto donde lo que ocurre es un retroceso de los procesos de globalización, porque como ya nos advirtió Bauman, la globalización deja atrás a bolsas de nuevas clases medias que son clientes del mercado y son víctimas de una inclemente desigualdad. La migración, el desempleo y las crisis económicas son una ecuación que han utilizado sectores políticos de derecha y extrema derecha y que han socavado aquella idea de “Aldea Global”, como un concepto dotado de connotaciones positivas, como la posibilidad de integración cultural, económica y social al servicio del abordaje de los desafíos que tiene el planeta en el presente y futuro. Al contrario, cobran prestigio aquellas ideas que desean volver hacia dentro, una nueva forma de individualismo nacionalista del primero “nosotros” y luego “ellos”. Pero sabíamos que el siglo XXI nos traería desafíos mayores, que exceden las competencias y capacidades nacionales, que son imposibles de solucionar con muros o políticas económicas nacionales, sino que requiere más que nunca una acción global coordinada y eficiente. Lamentablemente dicha plataforma internacional se encuentra debilitada tanto por el trato de los Estados más grandes y económicamente más fuertes, como por ciudadanos que ven tan lejos a dichas organizaciones post segunda guerra mundial que la ignoran, ni siquiera saben por qué existen. Todo eso coopera dramáticamente para su inapropiada acción.

La era Trump ha echado por tierra la cooperación internacional, ha tenido y realizado una lectura contraria sobre lo que ocurre. Ganó las elecciones justamente tocando aquellas cuestiones sensibles del nacionalismo, acompañado como dije de crisis económicas y desempleo que hacen que dichas personas respondan ante discursos antiglobalización. Es paradójico, como esa antiglobalización ya no sólo provienen de sectores radicalizados que argumentaban que la globalización, la internacionalización de la economía sólo traería pobreza y desigualdad, pues amplificaba los instrumentos y estructuras del capitalismo y reducía la identidad cultural y la posibilidad de que los “Estados” lograrán establecer sistemas políticos y económicos propios. Bueno, han sido los conservadores y los propios amos del capital quienes le han dado la vuelta y convertido el antiglobalismo como una bandera exitosa. En Europa, tres cuartos de lo mismo. Incluso da para pensar que quienes aún la defienden lo hacen en dos bloques: el primero porque así asegura una demanda y posición geopolítica frente a Rusia, China y Estados Unidos, me refiero al caso alemán. El segundo son aquellos países que siguen necesitando del cobijo europeo para no pasar desapercibidos en la historia y el juego del poder mundial.

En la mitad del siglo XX la comunidad internacional había comprendido que si quería que el capitalismo logrará sus mayores éxitos y su despliegue económico y cultural en todo el globo, eso era imposible de hacer en constantes guerras por el territorio y el dominio de los pasados siglos. Debía haber paz para que el capitalismo creciera a sus anchas, algunos fueron más allá e idearon el concepto de cohesión social, que implica que el crecimiento económico debía llegar a todo el sistema social, garantizando mínimos de civilidad (bienestar) y con ellos potenciar el resguardo del sistema económico. Allí se fraguaron las grandes estructuras internacionales que conocemos hoy, sin por supuesto desconocer la larga tradición de las relaciones comerciales y diplomáticas, pero que duda cabe que su cenit se alcanzó post segunda guerra mundial.

Parecía que hasta allí y en los cincuenta años que siguieron esto se comprendió bien. Pero como también sabemos, que dichas reglas, instituciones y recetas no les sirven a todas y todos los pueblos y países, la geopolítica indica que quienes tienen el predominio de esto es en primer lugar Estados Unidos, Europa y Japón, y en los últimos 20 años Rusia ha recuperado su posición perdida en la escena mundial.

No pretendo hacer historia, más bien poner en contexto que cuando enfrentamos una pandemia global como el COVID 19 que trastoca todo nuestro quehacer económico, político y social, los andamios de las relaciones internacionales se encuentran completamente desgastados, sin mayor conocimiento y legitimidad de los millones de ciudadanos del mundo entero. Si la gente no confía en sus Estados, gobiernos y autoridades, mucho menos pondrá sus esperanzas en instituciones que nadie tiene idea siquiera cómo se eligen. Hace unas semanas se eligió al Secretario General de la OEA, y en Chile ni nos enteramos. Hubo revuelvo sobre su elección, pero en Chile nada. Ya ni siquiera los noticieros conservan los espacios de análisis internacional, y las instituciones expertas sólo se hablan entre ellos mismos. ¿Qué esperamos entonces?

Una economía en constante crisis.

Las crisis económicas son cada vez más frecuentes en el mundo. La última del 2008 fue muy profunda y grave para Estados Unidos y Europa, con mayor gravedad para países como Portugal, España, Italia y Grecia. Miles de personas perdieron sus trabajos, sus casas, y muchos hasta el día de hoy no se recuperan completamente. Pero parecen existir dos dimensiones. Una es esa economía financiera que no parece acusar golpes, incluso en las crisis bancos, isapres, afps, lo único que informan son ganancias, suben sus precios, costos de operación. Sin duda ellos nunca pierden, pero no es lo mismo en la otra dimensión, la de las y los ciudadanos a quienes no les suben sus salarios, ni les rebajan los gastos. De esos que cuando se presentan a un banco no le prestan o el gobierno de turno nos les ayuda. La economía les cobra a las personas cada peso de las crisis.

Esa pérdida toca la puerta, y te deja sin trabajo entonces se vuelve concreto, visible e insufrible. Las personas que pierden su empleo tardan un promedio de 6 meses o más en recuperarse. El lastre de dicho tiempo sin ingresos dura años, tantos que cuando ya te vas recuperando por fin, ¡paf! otra crisis y de vuelta de nuevo. Sólo pequeños grupos gozan de estabilidad y son vistos con recelo por quienes no lo tienen, desintegrando justamente la “cohesión social” de la que hablábamos en los 60 con los ideólogos de la socialdemocracia.

El COVID 19 pilló a Chile con una economía según los expertos tiene algo más del 30% de trabajadores por cuenta propia, independientes, o sencillamente que viven el día a día. Esos sí que no tienen protección alguna, no hay tampoco ninguna política pública que los alcance, quedan al desamparo, y consigo la frustración, la desconfianza y como nos diría Merton: la anomia.

Las clases medias por su parte aguantan mes a mes con la línea de crédito y la compra en cuotas de cualquier bien o servicio, desde el supermercado, el cine, las vacaciones y los lujos de las tecnologías de la información. Bueno, ellos se defienden así mismos invirtiendo. ¿En qué? En aquello que les abulte la renta. Un departamento para arrendar, un auto para ponerlo de UBER, un pequeño negocio. Tenemos una economía rentista no sólo en la gran economía, también en la economía real, y eso también nos hace débiles, porque ante las fluctuaciones macroeconómicas el golpe es como un efecto dominó que no deja nadie parado. ¿Quién ha contabilizado el mercado negro, el contrabando, la evasión? La economía informal es la que sostiene a miles de las familias en Chile, lejos del sueño del trabajo fijo, las vacaciones, los bonos de navidad y la seguridad.

¿Los pobres? Los pobres a la anomia, se salieron del camino hace rato y crearon los propios, abandonado las costumbres propias de la organización social y ¿para qué?, para sobrevivir. Viven toma, no se casan, trabajan en ferias libres. Se esconden todo lo que pueden del Estado, para que cuando este los encuentre, los encuentre con la menor información posible y así logren coger algo de aquellas “estupendas políticas públicas focalizadas” que enseñan los econometristas y expertos de la evaluación social de proyectos. Ya habrá tiempo de darle una repasada en el análisis a la responsabilidad de la educación económica basada en la pura “eficiencia” olvidando aquella economía de pies descalzos que escribía Manfred Max Neef. Muchas y muchos políticos todavía creen en estos mantras, por eso llevamos más de una década de alternancias en el poder.

Es ahora, cuando una pandemia amenaza nuestro “estilo de vida”, nuestro quehacer cotidiano, es que nos vemos en la necesidad imperiosa de corregir el lastre que ha dejado la economía capitalista, la democracia representativa llena de privilegios que la mayoría no tiene y corremos la frontera intelectual con agendas que hace algunos años serían impensables mentalmente siquiera de ponerlas en la mesa. No digo que no haya quienes lo pensaron, lo dijeron, pero claramente éstos no tenían suficiente valor en los discursos dominantes en el mercado de las ideas. 

Una débil democracia y la confianza destruida.

El estallido social del 18 de octubre del 2019 ha sido y sigue siendo la denotación procesos largos y profundos de desgaste institucional y económico. Que se incubaron en un recambio generacional, en la maduración y evolución de ideas sobre qué sentido tiene vivir en un sistema que te deja siempre atrás, que permite que tú vida se convierta en una carrera para llegar a fines de mes, y donde los privilegios los ostentan unos pocos y pocas. Se me viene a la memoria de aquella idea sobre el velo de la ignorancia. Acaso si nuestras y nuestros ciudadanos eligieran un sistema social para vivir ¿elegirían el nuestro? Yo creo que no.

Las encuestas y mediciones no han dejado que casi ninguna institución se salve, todas ellas están completamente deslegitimadas y con razón. La corrupción, los abusos, y en definitiva la poca o nula empatía con quienes son la mayoría de las personas que salen temprano al trabajo, toman micro, metro por largo tiempo, y que llegan agotados para intentar vivir. Muchos sencillamente no lo logran, viven a través de otros, se absorben en las historias maravillosas de la televisión o el cine. Allí obtienen un poco de alivio hasta la mañana siguiente donde suena el despertador y hay que volver a la realidad.

Cuando nos toca concurrir a votar, ya no alcanza a llegar ni el 50% de las personas con dicho derecho. En mi opinión por una razón fundamental: las personas piensan que no tiene sentido ir a votar, porque las cosas quedan iguales, nada cambia. Detrás de ello se esconde el individualismo, el intercambio económico electoral. “Yo voto por tal o cual persona, para ganar tal o cual cosa”.

¿Por qué votan las personas en el actual sistema social, cultural y económico? Es una razón de intercambio. Al igual que resto de las relaciones sociales, el mercado y sus preformaciones culturales han logrado establecer un mecanismo de razonamiento político individual basado en el interés y la recompensa. Esa estructura de valores y de acción individual hace que las personas hagan un cálculo, no siempre racional, sobre a quienes votar, pero realmente la mayoría parece haber tomado la firme decisión que tal cosa no tiene ningún valor y prefieren abstenerse, porque realmente el futuro de sus vidas y de quienes les preocupa no depende de quien sea el próximo presidente de su país, sino de cómo sortearan ellos solos los avatares que se presentan.

El sistema político además tiene una incoherencia con el sistema electoral. El sistema político, que incluye dentro de él al sistema de partidos nos entrega una versión de la política que a estas alturas parece algo idílica, basada en proyectos, ideas, programas, propuestas, etc. Una oferta de productos para el intercambio del voto por dichas ideas. Sin embargo, eso que ofrece una marca, un grupo de personas reunidas por un interés común, no te piden votar a dicha marca, a dicho proyecto, al menos no directamente. Lo que hacen es crear otro sistema, el electoral, con fórmulas distintas, que muchas veces el ciudadano común no comprende realmente bien, y finalmente ofrece un candidato o candidata que a través de múltiples atributos debe lograr captar el interés de quienes votarán. El sistema electoral te pide votar por personas, pero el sistema político pone en la mesa un discurso de ideas e intereses colectivos. En el plano de lo concreto tenemos autoridades que pasan de una tienda a otra, que hacen y votan en las instituciones de forma distinta a los programas prometidos por sus partidos, y esa incoherencia es percibida por los ciudadanos que codifican la relación como una de puro interés individual como un producto que no cumple con las expectativas. Resultado el que ya conocemos, desconfianza en lo público, en quienes ostentan los espacios del poder. La democracia está muy débil, quienes no se dan cuenta realmente es porque se aferran con esperanza espiritual.

¿Qué tienen que ver todo esto con la pandemia del COVID 19?

Una situación como la que atravesamos hoy, que tiene características de alcance global. No hay continente en el mundo que no esté enfrentando el problema del coronavirus, teniendo que aplicar profundas prácticas sociales de aislamiento que por ahora desconocemos las consecuencias que dejará en nosotros. La economía se verá profundamente dañada y los gobiernos no parecen tener la suficiente claridad de cómo ir afrontarla, y dar respuestas sobre qué será después. Los seres humanos y nuestras instituciones el único cajón de soluciones que tenemos para echar mano es la historia, la experiencia de lo que hemos hecho antes para ver si cumpliéndose ciertas pautas regulares creemos alguna solución innovadora.

Cómo hacerlo si nuestras seguridades post segunda guerra mundial se ven completamente debilitadas y amenazadas. Relaciones institucionales internacionales débiles, democracia frágil y con tremendos problemas de confianza y finalmente una cultura global (proclivemente occidental) individualista con valores de intercambio que nos hacen recordar la crítica del bien común que nos hablaba John Stuart Mill donde todo finalmente era puro interés individual.

Salta a la vista cuando vemos a un gobierno como el de Sebastián Piñera, que actúa no sólo para defender intereses prácticos. Además, están programados culturalmente para responder de dicha manera. No conocen otra. Cómo hablar de cooperación, verdadera solidaridad, de disciplina y confianza ante la autoridad sanitaria. Como diría un cantante argentino, son “tiempos donde nadie escucha a nadie, y donde todos contra todos”. Pero aquí no cabe como solución quedarse al lado del camino, porque si lo hacemos corremos el peligro de condenar a millones de seres humanos a la muerte. No podemos pasar mirando, debemos comprometernos y romper los paradigmas que nos han construido lo que debe ser verdad en las últimas décadas.

Un ejemplo de lo que he planteado es el riesgo de conflicto bélico por el stock de los insumos médicos. Turquía, Estados Unidos o China han requisado o detenido el paso de estos vitales insumos para asegurar sus propias vidas. Hasta que no haya una vacuna contra el COVID 19, la oferta y demanda nos llevará a una escases de tal magnitud que sólo el más fuerte podrá acaparar para sí lo necesario para proteger a su propia población amenazada.

Algunos ya comienzan a plantearse como los países desde sus propias fuentes de recursos (humanos, materiales y económicos) podrán manufacturar sus propios insumos médicos. ¿Tendremos aquí sanciones internacionales?, ¿habrá acaso multas?, ¿estamos acaso frente a un proceso de cambio de paradigma inminente?

Aproximaciones hacia el futuro

Son varios las y los intelectuales que han dicho con claridad que las amenazas para la humanidad en el siglo XXI estarán en el campo de los virus, bacterias y otras incluso armas biológicas. Por otra parte las amenazas vendrán por el desarrollo de la tecnología que podría poner en cuestión el real sentido de los seres humanos. Entonces, frente a esos desafíos el Coronavirus es una oportunidad si se lo quiere ver como una experiencia práctica y no teórica de reflexiones sin contraste empírico. Lo que de verdad estamos atravesando es una amenaza de proporción global, y nuestra capacidad de respuesta está completamente deteriorada a tal punto que podríamos romper los limites autoimpuestos que nos habían definido como sociedad contemporánea.

Para salir de este atolladero requerimos un fuerte cambio de paradigma, una vez vayamos conociendo los efectos reales de lo que ha implicado una crisis como está. Esto no es sólo a nivel de instituciones gubernamentales, sino que todas las dimensiones de la vida humana deberán replantearse.

No soy de quienes creen que esto se dará como un proceso abstracto ajeno al quehacer cotidiano de los seres humanos. Habrá que de verdad tomar total conciencia del rol que jugamos en la historia y qué decisiones deberemos tomar para instalar una nueva estructura de valores y pautas de convivencia social tanto a nivel global como a escala territorial. Una vez más debemos defendernos de nosotros mismos, de nuestro propio desarrollo intelectual y tecnológico que no se toma el tiempo de hacer cada cierto tiempo la introspección necesaria para redirigir nuestros procesos de cambio, ahora es cuando debemos ser capaces de poner en marcha toda nuestra inteligencia al servicio de una sociedad del futuro capaz de adaptarse a los desafíos que amenazan la vida como la conocemos, y ello requiere para nuestra supervivencia plantearnos paradigmas distintos a los del siglo XX.

Repensar las relaciones e instituciones globales, la democracia como proceso de organización y estabilidad del ejercicio del poder, y una economía que sea capaz de actuar al servicio de las personas, los seres vivos y el planeta como un sistema superior que debemos preservar. Supongo que muchas y muchos estamos de acuerdo inicialmente en los qué, el tema será colocarnos a pensar colaborativamente en los cómo, porque esto no pasará frente a nosotros, sino por nosotros.

Chile y su próxima discusión constitucional podrían convertirse en un proceso todavía más profundo de contrato, que tenga como sustento alguna de estas cuestiones que he planteado y plantearan otros. Más que nunca nuestra capacidad de reflexión y acción conjunta debe ser puesta a prueba para dar el salto adaptativo que nos presiona de tal forma que si no somos capaces de superarlo podríamos literalmente morir en el intento.

No sólo se trata de una discusión jurídica, de modelos económicos. Se trata de cuáles serán las premisas fundamentales que darán sostenibilidad a la vida de las personas y su equilibrio real con el planeta en que vivimos. Si nos retrotraeremos a nuestras autoimpuestas fronteras o bien seremos capaces de abrir un nuevo espacio a procesos de identidad cultural diferentes y más amplios.

Pero como sabemos que los cambios no son de un día para otro, sino que se fraguan a lo largo del tiempo, debemos comprender que construir nuevos paradigmas deben tener claras cuales son las estructuras que permiten su desarrollo. Educación, los medios de construcción y reproducción de material simbólico, serán claves a la hora de colocar por encima de la pirámide de los valores aquellos que nos permitan sobrevivir, y no aquellos que nos llevan a reproducir el todos contra todos que nos hablara el viejo Hobbes.

Seguiremos creyendo que la pura iniciativa individual permite que se desarrollen los sistemas económicos y políticos. Seguiremos teniendo sistemas que promueven el clientelismo político en vez de un modelo donde el quehacer público realmente constituya una contribución temporal al progreso de la sociedad en su conjunto. Quizás, como dije antes, nuestro único cajón de soluciones se encuentra en la historia, y deberemos escudriñar bien al fondo del cajón para reencontrarnos con las ideas más puras que motivaron el desarrollo del ser humano en toda su existencia. Destruir los paradigmas que atan nuestra acción política y económica, que como adversarios a quienes hoy deben actuar con sentido de colaboración, pero ello implica sustancialmente hacer parte al conjunto completo de la sociedad de los productos de esas nuevas formas de establecer sociedades humanas y justas.

El COVID esta todavía en proceso, debemos estudiar de cerca y de lejos sus efectos, y navegar juntos a la construcción de nuevos paradigmas y así sembrar las bases de la nueva historia que se nacerá, ya no seguir viviendo la repetición de los capítulos de aquellos que pregonaban su fin.

*Sociólogo, Máster en Medio Ambiente: Dimensiones Humanas y Socioeconómicas. Actualmente es concejal de la comuna de Alto Hospicio en la Región de Tarapacá. También es microempresario y académico en universidades locales de su ciudad. Miembro de la directiva nacional del Partido Por la Democracia.

Iquique, Abril 10 de 2020.