Diálogo con Innerarity

Por Antonio Leal

Recurriendo a la magia de lo virtual y organizada por la Universidad Mayor, hemos tenido, Tomás Moulián y yo, una interesante conversación con Daniel Innerarity, uno de los mayores filósofos políticos de nuestro tiempo, sobre los límites de la democracia ahogada en el simplismo de las formas y de su propia teoría y el futuro de ella. Daniel nos vuelve a entregar lo que él llama “una caja de herramientas” para dilucidar el futuro de una política que debe ser radicalmente reseteada para interpretar la sociedad compleja en que vivimos.

Es evidente que la democracia representativa tal como la conocemos desde hace casi tres siglos y especialmente como se configura desde su ampliación al Estado de Derecho de masas después de la Segunda Guerra Mundial, vive, en el mundo, una crisis derivada de una multiplicidad de factores: pérdida del rol histórico de los instrumentos de la democracia –partidos, organizaciones, instituciones del Estado-; corrupción de actores políticos y falta de transparencia que genera desconfianza; lentitud en la acción legislativa frente a un mundo que se mueve a velocidad digital y a una vida vertiginosa de los seres humanos que viven y funcionan en el mercado global; alejamiento y desconocimiento de las élites gobernantes de la realidad que vive la población; una enorme auto referencialidad de la propia política.

Sin embargo, siendo estos factores importantes en la degradación del rol de la política, hay causas estructurales que hay que comprender y abordar para cambiar el rumbo de la democracia en el siglo XXI.

Como bien subraya Daniel, nuestros sistemas políticos no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y se tornan impotentes. Y la propia política, que opera actualmente en entornos de elevada complejidad, no ha encontrado todavía su teoría democrática, su relato en el nuevo escenario.

La principal amenaza de la democracia es la simplicidad que a decir de Morín es un tipo de pensamiento lineal, unidimensional e incapaz de concebir la complejidad de la realidad antropo-social, en su microdimensión, que es el individuo, y en su macro dimensión, que es la humanidad toda.

La conceptualización de la filosofía política es estrecha y no está a la altura de la complejidad social. Se requiere otra forma de pensar la democracia y otro modo de gobernar si es que sigue teniendo sentido aspirar a que la democracia sea compatible con la realidad compleja de nuestras sociedades.

Innerarity nos habla de un desfase teórico: viejos conceptos, nuevas realidades. En el primer caso, el simplismo procede de la falta de actualización de nuestros conceptos políticos, que fueron pensados en una época de relativa simplicidad social y política, antes de los grandes conflictos sociales que inauguraron el mundo contemporáneo, con sociedades relativamente homogéneas que no conocían el actual pluralismo cultural y político, con tecnologías muy poco sofisticadas si las comparamos con las que actualmente empleamos, en medio de unas condiciones de gobierno relativamente simples, con espacios autárquicos y desconectados.

Edgar Morin ha sido uno de  los pioneros en señalar que ese ya no es nuestro mundo, y en teorizar acerca de las ciencias de la complejidad. Ocurre además que, mientras la ciencia ha cambiado buena parte de sus paradigmas, los conceptos centrales de la teoría política no han llevado a cabo la correspondiente transformación.

Nos preguntamos con Innerarity: ¿Son capaces nuestras instituciones de gobernar un mundo de creciente complejidad? ¿Puede sobrevivir la democracia a la complejidad del cambio climático, de la inteligencia artificial, los algoritmos y los productos financieros?

Mi respuesta es sí, en la medida que se comprenda que es necesaria una nueva teoría política, un nuevo léxico acorde a una sociedad global, a una sociedad en red, es decir, a una revolución digital de las comunicaciones que cambia la manera de comunicarse, de informarse. de las personas, que les entrega poder de recibir y trasmitir lo que coloca en cuestión la verticalidad del poder, a una sociedad que paso de la industria a la electrónica, a la automatización y a la inteligencia artificial y que sociológicamente ha modificado profundamente la estructura social.

Innerarity nos recuerda que venimos de un modelo de organización propio de la sociedad industrial con una estructura económica fordista, formación de la voluntad política en el marco estatal, con unos itinerarios vitales más o menos bien definidos, estratificación social estable y reglas claras para el ascenso social, además de unos roles claros en cuanto a las generaciones y el género.

Todo ello no existe más y la teoría y la filosofía política sigue, sin embargo, en la era análoga mientras el mundo camina a la velocidad de la era digital.

En su clave de lectura, el pensamiento complejo considera al mundo empírico, pero también la incertidumbre, la falta de certezas, la imposibilidad de concebir un orden absoluto, que es parte de la realidad compleja que vivimos, y supera la visión de la simplicidad de que la contradicción representa inequívocamente un error. Justamente, superar el determinismo de esta lógica es lo que permite concebir la contradicción como algo que forma parte de esta realidad.

Como señala Morín “la totalidad es la no verdad”, esto implica que al leer la realidad de este mundo y de estos sujetos no podemos escapar de la incertidumbre porque la pretensión del saber total, de las leyes que lo engloban todo y lo ordenan sistemáticamente, es imposible.

Todo, por tanto, para el pensamiento complejo es multidimensional y no admite separaciones o subordinaciones arbitrarias aunque estas se hagan en nombre de las leyes científicas especialmente en la realidad social.

Ciencia y filosofía, razón y verdad, orden y progreso, Estado y nación, modernización y desarrollo, son algunos de los metarrelatos fundamentales de la modernidad. Todos ellos se han erigido como principios civilizatorios universales y universalizantes, tal como antes lo fue la religión.

Hoy, la política y la vida debe saber vivir en un mundo que ha perdido su centro y que está caracterizada por la incertidumbre y la velocidad de los cambios tecnológicos, científicos, biopolíticos, pero también en lo que Daniel llama la sociedad del desconocimiento como parte de un mismo proceso del conocimiento. Cuando creíamos que lo sabíamos todo, el coronavirus nos demuestra nuestra profunda ignorancia civilizacional.

La cultura posmoderna coloca en discusión la confianza iluminista del progreso, conciencia crítica se traduce en aquello que Lyotard ha llamado los grandes relatos, es decir a la renuncia de los discursos omnicomprensivos, totalizantes, que pretendían interpretar la historia y guiar el proceso emancipativo moderno.

Lo que se coloca en cuestión es la racionalidad como pensamiento dominante que concibe el universo como algo perfecto, como una máquina basada en leyes irrefutables y que se basta a si misma pero que desconoce que cada ser tiene una multiplicidad de identidades, de fantasmas y sueños, que no son explicables, a través de un pensamiento lineal, y que a la vez es reductivo porque no logra percibir que lo uno puede ser a la vez lo múltiple dado que mantiene separados ambos fenómenos.

Coloca en discusión la perversa relación entre el hombre y la naturaleza dominante durante el desarrollo del capitalismo de máxima explotación y máxima utilidad como símbolos del progreso.

Afirma el principio de la diferencia que es una consigna de la cultura posmoderna en el campo filosófico y político. La posmodernidad significa la diversificación de la realidad contra los riesgos de la planificación y de la homologación social. Como ha dicho Vattimo “el máximo de igualdad y el máximo de diversidad”.

Sostiene la tolerancia contra la cultura uniforme, la posmodernidad proyecta un modelo de sociedad fundado sobre la diferencia y el pluralismo en el cual tiene vigencia el principio moral de la tolerancia. El carácter de la sociedad posmoderna (facilidad de comunicación, pluralismo, extrema movilidad y transformación) contribuyen a la formación de un contexto pluricultural y pluriracial.

Como dice Innerarity, en consonancia con esto,  el mundo se  caracteriza cada vez más, por la aceleración, la incertidumbre, el conocimiento, la sostenibilidad, la pluralidad, la complejidad, la inclusión, la interdependencia, la apertura y la protección.

Concuerdo con él cuando señala que hay que pensar que estamos ante un tipo de conflictos que se gestaron en torno a la cuestión de la redistribución de la riqueza, que ahora comparten protagonismo con otro tipo de conflictos que tienen muy poco que ver con esa redistribución, que algunos llaman postmateriales, como la lucha feminista, la ecología, la diversidad sexual, la digitalización en igualdad, y otros. La agenda política ha estado muy simplificada en torno a ese eje derecha-izquierda, y ahora predomina la policonflictividad.

Innerarity señala que el problema se podría resumir diciendo que hay dos procesos paralelos. Uno, en el que participan nuestras instituciones políticas perezosas, nuestros agentes políticos astutos que compiten en el terreno electoral, y eso tiene una dinámica, unos incentivos, un regate corto y es impermeable a cualquier otra consideración estratégica más amplia que aquella electoral que, como señala Rosanvallón, en tanto mecanismo de legitimidad del poder se encuentra en crisis. Y luego tenemos otro tipo de instituciones que de alguna manera protegen el futuro, y lo sacan del ciclo político (o negocio) electoral. Son el tejido que se constituye en la desafección del poder al que Rosanvallón lo llama “contrademocracia”, es decir, un poder positivo que lleva adelante, a través de la contestación social, del control político o simplemente de la distancia, una política alternativa.

Para Innerarity las grandes innovaciones de la política habrán de venir de la “superación del parroquialismo electoral”. En la construcción de una democracia transnacional, porque la globalización necesita una gobernabilidad más allá del poder de las multinacionales. Una democracia intergeneracional, que tenga en cuenta que la forma posmoderna de relacionarse construye su pasión más que en el contenido, en el estar juntos compartiendo sentimientos; las claves electrónicas o los mensajes digitales son los laboratorios de una sociabilidad futura. No expresan necesariamente individualismo, nihilismo, apatía, sino una nueva manera de estar juntos, de producir éxtasis colectivos, son “metáforas de una sociabilidad en gestación” y son transversales socialmente. Una democracia ecológica, que imponga un desarrollo socioambiental sustentable y se perspective en salvar el planeta e influir directamente en las prácticas que enfrenten el calentamiento global. Una democracia de género que modifique radicalmente el patrón patriarcal de una sociedad, aun culturalmente conservadora, y coloque en el centro los derechos de género y de presencia de la mujer en todas las esferas de la sociedad. Son las cuatro dimensiones que nos permitirían superar los límites de una democracia cuya legitimidad debe responder a la diversidad de las formas de acción política y de los temas de una sociedad compleja.