Sr. Presidente de la República Sebastián Piñera:

Por Carolina Tohá

No debe haber sido fácil aceptar que cuando esto estalló le tocara justo a Ud. ser Presidente. Es cierto que pudo pasarle a cualquier otro y también es verdad que el malestar que se ha expresado lleva mucho tiempo acumulándose. Así y todo, por algo será que en sus dos gobiernos se han producido los estallidos sociales más grandes que hemos conocido desde el retorno de la democracia. Podría elaborar algunas interpretaciones de esa coincidencia, que serían todas discutibles, pero creo que es más importante constatar algo en lo que sí deberíamos estar de acuerdo: cualquiera sea la razón por la que sus gobiernos han debido enfrentar estos conflictos, lo cierto es que la historia juzgará sus dos mandatos por la forma en que los enfrentó, y por las consecuencias que eso tuvo para el pueblo chileno.

Ud. puede intentar resistir este transe sin comprometer cambios de fondo y capaz que le resulte: tomar algunas medidas que le alivien el pasar a la gente, confiar en el cansancio del movimiento y en su deslegitimación en manos de la violencia y el vandalismo que la mayoría de los chilenos rechaza. En todo caso, negar la profundidad del problema que tenemos, e intentar calmarlo con aspirinas, sería una gran irresponsabilidad porque éste ha reflejado un dolor, un hastío y una sensación de injusticia suficientemente grandes para frustrar cualquier proyecto de desarrollo que tengamos para Chile de ahora en adelante.

Intentar resolverlo por la fuerza sería aún más grave e inconducente. Las vulneraciones a los derechos humanos que hemos conocido en estos días ya son una marca en el manejo de esta crisis, y si eso prevalece en el balance de su estrategia, terminará dañando aún más la legitimidad de nuestras instituciones y la evaluación de su administración, además de dejar una herida en las familias y comunidades que han sido víctimas.

Si el conflicto termina cediendo por desgaste o represión y no por el logro de respuestas a la altura del reclamo que se está haciendo, corremos el riesgo de transformarnos en uno de esos países que viven repitiendo su historia, cayendo una y otra vez en la misma crisis. Es el camino más fácil para salir del paso, pero el más riesgoso para nuestro futuro. Nos augura el descrédito final de la política, la perpetuación de la violencia como normalidad y la posibilidad, bastante cierta, de que Ud. sea recordado como el Presidente que tuvo dos veces la oportunidad de encabezar un avance de la sociedad chilena y prefirió frenarlo.

También tiene otra opción: ser el Presidente que de cauce a los cambios necesarios para que el país defina democráticamente un pacto constitucional y económico-social que nos interprete transversalmente. El actual está cuestionado por buenas razones, y la principal es que nunca fue un verdadero pacto, sino una imposición que la democracia gestionó lo mejor que pudo, con logros indudables pero que tocaron techo hace rato y también con deficiencias.

Su sector ha sostenido mayoritariamente que no se requiere un nuevo pacto sino medidas concretas para enfrentar las demandas inmediatas y tangibles que levantan las personas movilizadas: sueldos, tiempos de espera en la salud, acceso a la vivienda, bajas pensiones, seguridad ciudadana, trato en los servicios, calidad del transporte público, costo de la educación, abusos de las empresas o endeudamiento. Ciertamente, se necesitan medidas urgentes para atender estas situaciones. Para partir, reformular los proyectos que están en tramitación en materia tributaria y de pensiones, este último insuficiente mientras que el primero es francamente contraproducente. También es obvio que se debe abrir paso a un proceso de deliberación ciudadana a través de cabildos como lo que múltiples sectores ya están impulsando, incluido su gobierno.

Lo que no es tan obvio, pero sí muy necesario, es que exista una definición clara de parte suya respecto a lo que está dispuesto a debatir. La energía desplegada por la ciudadanía en esta gigantesca protesta que lleva más de 10 días necesita una respuesta excepcional, no la misma que se ha intentado otras veces: más que un paquete de medidas, más que un cambio de gabinete, incluso más que diálogos de participación ciudadana. Lo que se necesita es una verdadera disposición a cambiar. No espere que tengamos llegar un escalón más arriba en el espiral de la violencia, no deje que llegue el día en que el cambio constitucional tampoco sea suficiente, no dilate hasta que nuestras ciudades se vuelvan irreconocibles: hágalo ahora. Si Ud. demuestra voluntad de poner en discusión materias claves de nuestro sistema -materias que apenas se han tocado aunque todas han sido objeto de discordia desde el retorno de la democracia- inaugurará de verdad una nueva etapa y una nueva esperanza. Me refiero a esa parte de nuestro sistema que hace excepcional a Chile respecto a la mayoría de las democracias del mundo y que se compone al menos de cuatro elementos: la fuerte relevancia del bolsillo privado en el acceso a derechos sociales básicos como la salud, la educación y las pensiones, la excesiva prescindencia del Estado en materias económico-sociales, la alta concentración del poder político en la presidencia y los sesgos contramayoriatarios de nuestra institucionalidad.

Ninguna de esas cuatro cosas figura en las demandas que se gritan estos días en las calles, pero un análisis honesto muestra que la incapacidad del sistema político para procesar esas demandas que sí están en las consignas tiene su origen en esas cuatro condiciones tan peculiares de nuestro país. Si lográramos cambiarlas no se resolverían por arte de magia los problemas que tenemos, así como tampoco los han resuelto muchos países que tienen democracias más normales, y nos encontraríamos con obstáculos, restricciones de recursos, falta de acuerdos y errores de gestión que son propios de toda democracia moderna. La diferencia es que tendríamos una institucionalidad que nos permitiría discutir esas diferencias sin una camisa de fuerza, tomar opciones respecto de esas restricciones y hacer intentos para corregir los errores. En pocas palabras, hacernos responsables de nuestras decisiones, sean buenas o malas, porque lo que hoy predomina es la sensación de vivir bajo decisiones que nadie tomó y que no parecen posibles de ser cambiadas.

En su sector se dice que las demandas de la gente no tienen que ver con la Constitución, pero cuando se proponen cambios laborales, educacionales o a la salud, cuando se intentan reformas previsionales o se promueven políticas económicas que implican un rol más vigoroso del Estado, no tardan un minuto en tirar encima los quorum o el Tribunal Constitucional, esgrimir la falta de iniciativa parlamentaria y amenazar con las penas del infierno por desafiar la subsidiariedad del Estado o intervenir en las dinámicas espontáneas del mercado, aunque éste conduzca a guetos verticales, medicamentos inalcanzables, especulaciones impúdicas, colusiones reiteradas o deudas impagables. Su mismo sector, con su estrategia de bloquear por décadas los debates que el país necesitaba dar, ha puesto en evidencia la necesidad de cambiar las reglas que han permitido tal bloqueo. Y el mío, con su indecisión para desafiar esas reglas, ha abierto el paso a la radicalización.      

Los chilenos no tenemos más problemas que los que tienen otros países, pero sí hemos acumulado una mayor irritación y frustración producto de la experiencia de un sistema institucional que bloquea nuestros debates en lugar de canalizarlos, que nos impide cambiar y nos condena a un rayado de cancha marcado por la ideología que lo inspiró en lugar de estar definido por un pueblo soberano. Para una democracia, esos pecados son imperdonables, y se pagan tarde o temprano.

No soy ingenua. Sé que tomar este segundo camino de cambios más profundos implica riesgos y sacrificios para Ud. El primero que se me viene a la mente es que, en lugar de lograr una institucionalidad acordada entre todos los chilenos, predomine la imposición del sector contrario al suyo. Efectivamente, existen los que creen que el cambio constitucional es algo así como dar vuelta la tortilla, y se imaginan que todo será como en sus sueños, que la derecha desaparecerá del mapa y sus votantes se convertirán mágicamente al progresismo. No faltan tales posturas, pero están muy lejos de ser mayoritarias. Hemos tenido muchas oportunidades para comprobar que los chilenos y las chilenas no comulgan con esas visiones radicalizadas y excluyentes, y que apenas tienen la oportunidad de dialogar y decidir, predomina la sensatez y la ponderación. Más aún, me atrevo a decir que mientras más tiempo se postergan estos necesarios cambios, más impulso adquieren las tendencias más extremas. Si se las quiere evitar, cuanto antes se emprenda esta discusión, mejor. Y me atrevo también a afirmar que muchos demócratas en Chile creemos en el valor de tener una institucionalidad que no sea propiedad de nadie sino punto de encuentro de todos, y cuando soñamos con una nueva Constitución nos imaginamos una que sea respetada y sentida como propia por chilenos de diverso pensamiento político y origen social, por indígenas y mestizos, por mujeres y hombres, por gente de regiones y de Santiago.   

Los otros riesgos, por último, no son menores. La unidad de la derecha se tensionará. Algunos de sus aliados lo llamarán traidor. Le dirán que fue débil y que renunció a sus convicciones. Pero los chilenos lo agradecerán, por siempre. Los mismos riesgos han corrido muchos presidentes chilenos y de otros países, cuando han encarado transes significativos como el que tiene frente a Ud.: ninguno ha pasado a la historia por destacarse en la protección de los intereses de su sector, sino por priorizar el bien público del país.

Es un desafío para todos identificar y abrir paso a los cambios que importan. No será fácil para la oposición, donde tenemos nuestras propias fisuras y mezquindades. No lo será tampoco para Ud. y su sector por todas las razones que ya dichas. Pero no hacerlo sería aún más difícil, traería más dolores y consecuencias. Han muerto chilenos en estos días. Hay cientos de heridos. Hay responsabilidades por aclarar. ¿Qué más tiene que pasar? Le tocó a Ud. ser Presidente cuando esto estalló, pero no podrá esgrimir el destino para explicar las decisiones que tomó, las puertas que cerró y las que abrió. Deseo de corazón que las sepa elegir, y me alegraré si así se lo reconoce la historia.