¿Quién da la cara?

Por Agustín Squella

La democracia es una forma de gobierno para la que no soplan hoy buenos vientos en el planeta, y la causa está en que las tres dimensiones de la democracia moderna —ser representativa, participativa y deliberativa— se han ido debilitando a la vista de todos. Los representantes, más preocupados de sus carreras políticas personales que de otra cosa, no representan adecuadamente y algunos hasta se corrompen; la participación va a la baja, estimulada por la inscripción automática y el voto voluntario, cuyo mensaje no pudo ser más frívolo: “No se molesten en inscribirse y tampoco se molesten en ir a votar el día de las elecciones”, y en cuanto a la deliberación, ella se ha vuelto pobre, muy pobre, hasta el extremo de que el razonamiento y el lenguaje de la dirigencia política resultan por momentos insalubres.

La democracia es tanto un ideal como una realidad. Está por un lado la democracia ideal, en la que sus reglas se combinan con la máxima intensidad y extensión, y están, por el otro, las democracias reales o históricas que conocemos y que se acercan más o menos a la democracia ideal. Esa dualidad de la democracia es la que permite comparar a las democracias reales con la ideal y ranquearlas según su posición relativa por lo que respecta al ideal. En el índice que hace dos años dio a conocer “The Economist”, Chile no figuró entre las democracias en forma, sino entre las defectuosas, y si ese dato nos pasó entonces inadvertido, ahora es el momento de poner atención y preguntarnos por qué “defectuosa” una democracia que empezó a recuperarse en 1988; o sea, hace más de 30 años.

La democracia, que es un régimen político, está enlazada con el capitalismo, que es un sistema económico, y, más aún, lo está con un capitalismo reforzado por el neoliberalismo, una doctrina que es mucho más que económica. Nótese que empleo ambos términos —capitalismo y neoliberalismo— de una manera descriptiva, no peyorativa, de manera que tiene sentido preguntarse cómo está resultando el abrazo entre la democracia y el capitalismo neoliberal hegemónico de nuestros días. ¿Qué agrega el neoliberalismo al capitalismo? El tema está bien estudiado y valdría la pena que nos enteráramos y no eludir la cuestión diciendo que el primero es solo una mala palabra con la que se pretende desprestigiar a la doctrina liberal en su conjunto.

Y mi punto final es este: ¿cuánto de la insatisfacción del Chile actual es con la democracia y cuánto con ese capitalismo reforzado del que venimos hablando? Por cierto que el malestar es con ambos, pero ¿cuánto de él proviene del mal funcionamiento del régimen político y cuánto del sistema económico con el que aquel se encuentra fundido? ¿No estará la democracia dando la cara por fallas que no son propiamente suyas, sino del sistema económico que la acompaña? ¿No será que la política y los políticos están a diario sentados en el banquillo de los acusados mientras la economía y los economistas pasan piola? ¿No habremos sustituido el dogmatismo político que conocimos en otros tiempos por un prolongado y resistente dogmatismo económico? ¿No será que el neoliberalismo consiguió imponer uno de sus principales planteamientos; a saber, la idea de que no hay sociedad, sino únicamente individuos (así lo sostuvo ese ícono neoliberal que fue Margaret Thatcher) y que lo que debe prevalecer es un homo economicus sin otra inclinación que sus propios intereses, con el efecto de que todo otro sentimiento —simpatía, benevolencia, solidaridad— pasa a ser considerado como un injerto añadido a la naturaleza humana de manera tan artificial como peligrosa?

Un homo economicus que tendría con sus semejantes solo relaciones de intercambio y de competencia, olvidando que en toda sociedad hay también relaciones de colaboración y de solidaridad a las que el Estado y las políticas públicas no pueden ser ajenos y dejar entregadas únicamente a la caridad y el altruismo de cada persona en particular.

Algo está mal y es hora de hacer las cuentas tanto a nuestra democracia como a nuestra economía, y hacerlas como pedía Gabriela Mistral: con menos cóndor (carroñero) y más huemul (pacífico y sensible).