la saga de Jorge Marshall: Una nueva estrategia de crecimiento

¿Cómo volver a crecer? Te invitamos a leer la saga de Jorge Marshall para una nueva estrategia de crecimiento

Fotografía: http://www.infraestructurapublica.cl

Confrontando la realidad en materia de crecimiento

Autor: JORGE MARSHALL Economista y Ph. D. Harvard | El Mercurio 

Chile vive una situación compleja que requiere atención y un análisis cuidado. La economía se expandió un 5,3% en el segundo trimestre, el Banco Central elevó el crecimiento esperado para 2018, y el mercado espera una inminente alza en la tasa de política monetaria. Pero al mismo tiempo, la confianza empresarial y de los consumidores, así como las perspectivas de mediano plazo, están frenadas.

En este cuadro llama la atención el contraste entre la cautela de los analistas independientes y el optimismo -algo forzado- de las autoridades económicas. Algunos se han aventurado en señalar que esta anomalía podría explicarse por la incertidumbre internacional, que se origina en el aumento de la tasa de interés de EE.UU., las amenazas de una guerra comercial, la desaceleración en China y las vulnerabilidades financieras en algunos mercados emergentes. Sin embargo, la desorientación que nos afecta no es un fenómeno reciente. Estuvo presente durante toda la administración pasada y probablemente su origen es aún más remoto. Se trata de la disociación que existe hace tiempo entre el rumbo de las políticas públicas y la realidad concreta de nuestro crecimiento.

Por esta razón, el optimismo que transmiten las autoridades se parece más a una mera ilusión que a la confianza que genera una conducción sólida, consistentemente arraigada en un diagnóstico afianzado y compartido. En este contexto, debemos evaluar con realismo si efectivamente contamos con las capacidades necesarias para alcanzar el desarrollo. Es claro que aquellas que nos sirvieron para crecer en las décadas pasadas deben ser complementadas ahora con otras que son más relevantes de cara al futuro. Es evidente que, para recuperar el pragmatismo y reencauzar el crecimiento, se requiere confrontar la realidad en esta materia, lo que se puede resumir en cuatro observaciones.

Primero, el crecimiento tendencial de la economía chilena muestra una trayectoria decreciente desde mediados de los 90 hasta ahora, con oscilaciones causadas por los cambios del entorno externo y/o de las políticas internas, pero sin que se modifique su paulatina baja estructural. Esta disminución es más pronunciada de lo que corresponde al proceso de convergencia entre el ingreso de Chile y el de los países desarrollados. A comienzos de la década de 2000 se encendieron las alarmas en el sector privado y en el Gobierno, lo que dio lugar a una exploración conjunta que terminó en la Agenda Procrecimiento de 2003. El superciclo que se inició el año siguiente nos llenó de un entusiasmo que escondió por diez años esta tendencia estructural, y que desde fines de 2013 se volvió a convertir en un hecho irrebatible.

Segundo, nuestro crecimiento desde fines de los 80 se ha apoyado más en ciertos activos que en otros. Este es el caso de los recursos naturales y el capital físico, que responden a las ventajas comparativas del país, en desmedro de lo que Robert Lucas (premio Nobel en 1995) denominó el ‘efecto externo del capital humano’, que se origina en el valor de las interacciones e intercambios que ocurren entre los actores que participan en un mercado. Este activo relacional es fundamental en la innovación y en el cambio en la estructura productiva, un elemento que ahora nos hace falta.

Este desbalance permitió acelerar el crecimiento durante muchos años, cuando aprovechamos las oportunidades que aparecían en los mercados internacionales. Pero también mantuvo las vulnerabilidades de una excesiva dependencia del cobre y de una insuficiente diversificación productiva y exportadora, que ahora nos pasa la cuenta. Tercero, la estrategia de fortalecer los fundamentos económicos, las confianzas y el clima de negocios funciona bien cuando las condiciones internacionales son favorables, como en la década dorada que termina con la crisis asiática, o en los años del superciclo, pero son insuficientes en el escenario actual.

Si bien estas variables tienen un efecto en la inversión y en la productividad, existe sólida evidencia que muestra que se trata de condiciones más necesarias que suficientes para un crecimiento más alto. Cuarto, para impulsar el crecimiento, es necesario crear nuevas capacidades, que responden a una ‘mentalidad’ caracterizada por una clara intencionalidad del Gobierno, de las empresas y de las universidades para actuar conjuntamente, establecer una base de prioridades compartidas y facilitar la coordinación para el desarrollo de nuevas actividades productivas que puedan competir en los mercados globales. Este trabajo conjunto está en la base del activo que produce el ‘efecto externo del capital humano’, lo que es muy diferente a las políticas que se aplican ‘desde arriba’ y que suponen que los gobiernos tienen los conocimientos necesarios para señalar el camino que deben seguir las empresas.

Mientras no reconozcamos estos hechos y los incorporemos al diseño de las políticas públicas, la conducción que intenta ejercer el Gobierno -actual y futuros- no tendrá un efecto sensible en las expectativas, o en las perspectivas de mediano plazo. Las autoridades económicas reiteran el error de compararse con el pobre desempeño de la administración pasada, pero la ciudadanía ya resolvió esa controversia en la elección de diciembre pasado. A partir de entonces se mide el desempeño de la nueva administración por su promesa de liderar y reactivar el crecimiento con el umbral de desarrollo como único horizonte relevante.

Crecimiento y territorio: las claves para el desarrollo 

Autor: JORGE MARSHALL Economista y Ph. D. Harvard | El Mercurio 

Numerosos casos de progreso local, en los más diversos países, están abriendo una nueva perspectiva para analizar la relación que existe entre geografía y crecimiento, específicamente la identificación de los factores intangibles que permiten sostener un círculo virtuoso entre productividad e ingresos. Esto, a partir de la enorme dispersión que se observa entre ciudades que prosperan y aquellas que se rezagan, aunque compartan un pasado similar. Por ejemplo, Pittsburg y Detroit, o Los Angeles y San Francisco, con una realidad análoga hace algunas décadas, pero actualmente en trayectorias muy diferentes.

La tarea de identificar las causas del dispar desempeño de los territorios de una nación ha sido un desafío para la teoría económica en las últimas tres décadas. Por una parte están los trabajos de Paul Krugman (1991) que sugieren que estas disparidades se deben a la interacción entre las economías de escala, los costos de transporte y el tamaño de los mercados. Las regiones más avanzadas son las que logran instalar un círculo virtuoso entre los aumentos de productividad por la aglomeración de empresas y los mayores ingresos que aumentan el tamaño del mercado. Por otra, Paul Romer (1986) y Robert Lucas (1988) indagaron diversas variables que producen economías de escala y generan círculos virtuosos de crecimiento, las que están vinculadas al conocimiento, el capital humano y la capacidad de innovación.

Estas nuevas teorías de los factores virtuosos en el crecimiento originaron un debate sobre la factibilidad de que pudiesen ser generados por las políticas de los gobiernos. De un lado estaban los enfoques desarrollistas, que confiaban en un rol activo del Estado frente a las fallas de los mercados (externalidades, asimetrías de información, insuficiente provisión de bienes públicos y fallas de coordinación). Pero los resultados de estas políticas han sido escasos, precisamente porque el Estado no tiene el conocimiento que se necesita para hacer este tipo de intervenciones.

La ortodoxia económica, en cambio, mira con escepticismo la acción del Estado, privilegiando la movilidad geográfica de los factores productivos y las políticas horizontales que aportan herramientas para que empresas y personas se desenvuelvan de forma autónoma en los mercados. Los resultados de este enfoque también han sido decepcionantes: las políticas horizontales son necesarias, pero están lejos de ser suficientes para generar círculos virtuosos de crecimiento; y la movilidad de los factores, especialmente de los más relevantes, como la mano de obra calificada, es muy inferior a la que este enfoque supone.

¿Qué ha pasado en Chile? Nuestro país tiene una mirada administrativa de las políticas hacia los territorios: pasamos de provincias a regiones, creamos nuevas regiones y en 2020 vamos a elegir gobernadores; pero aún no hemos incorporado políticas procrecimiento que aprovechen el potencial de las economías locales. Aun más, ningún ministerio tiene la responsabilidad de llevarlas a cabo, por lo que es hora de remediar esta deficiencia.

De ahí la importancia de aprovechar la abundante experiencia que se está acumulando en torno a las políticas de desarrollo territorial en diversos países, y que está introduciendo aire fresco a este debate. Ahora se reconoce que los factores que generan el círculo virtuoso del crecimiento sostenido son más complejos que lo que se había supuesto, en el sentido de que hay que distinguir al menos entre tres tipos de capacidades o de conocimientos que tienen que operar en forma conjunta para que el resultado sea exitoso.

Primero, está el conocimiento que poseen los actores: personas, empresas y centros tecnológicos o universidades. Este es el ámbito que enfatizan las políticas horizontales, aunque la evidencia muestra que si bien este factor es indispensable para el crecimiento, por sí solo no tiene la capacidad de generar un efecto positivo sostenido.

Segundo, está el conocimiento de las redes de colaboración, que aumenta con el número y la calidad de las interacciones entre los actores de un territorio. Este efecto, hace que la productividad del todo sea mayor que la de la suma individual de las partes. Este conocimiento es en buena medida tácito, por lo que se transmite en interacciones cara a cara. Es decir, la proximidad física es fundamental para generarlo, por lo que este nivel tiene identidad territorial.

Tercero, está la gobernanza que convierte el conocimiento disperso de los dos niveles anteriores en iniciativas concretas de transformación productiva. Si bien los procesos de “creación destructiva” pueden operar en forma espontánea, en las regiones de desarrollo intermedio estos procesos tienden a entrabarse por fallas de mercado o de coordinación. Entonces es necesario generar una gobernanza que mantenga la naturaleza empresarial de la innovación, pero que sea coordinada a través de una acción público-privada. La evidencia muestra que esta coordinación ocurre a escala local y en torno a iniciativas concretas, por lo que este nivel también tiene connotación territorial.

En síntesis, la mejor política de crecimiento es generar ambientes en los cuales se puedan gatillar círculos virtuosos de crecimiento en tantos lugares como sea posible, incorporando a todos los actores relevantes. Es cierto que en este camino tendremos que vencer muchos obstáculos que están arraigados en Chile, como la desconfianza, el centralismo y la gobernanza del tipo de mando y control. Sin embargo, el anhelo social de alcanzar el desarrollo es muy fuerte, por lo que el verdadero fracaso sería negarse a intentarlo.

Los caminos del crecimiento sostenido

Autor: JORGE MARSHALL Economista y Ph. D. Harvard | El Mercurio 

Chile quiere volver a crecer. El avance de las últimas décadas no solo ha permitido mejorar la calidad de vida de la población, sino también es una fuente de orgullo nacional, de lo que podemos hacer entre todos. La aspiración de alcanzar el desarrollo está más enraizada en la ciudadanía que lo que el sistema político ha asumido, y requiere de un crecimiento sostenido, capaz de mantenerse por varias décadas. Si bien sabemos que el crecimiento es una prioridad para la nueva administración, es incierto si las políticas anunciadas hasta ahora nos llevarán al objetivo deseado.

El entusiasmo que se observa en la actividad y en las expectativas desde mediados del año pasado pudiese ser un buen augurio de lo que viene, pero también podría tener un carácter transitorio explicado por el bajón de los trimestres anteriores y el atascamiento de inversiones en los escritorios de funcionarios que “no tenían el crecimiento entre sus prioridades”. Por esta razón conviene evitar la autocomplacencia que puede venir y concentrarse en la estrategia de mediano plazo del nuevo equipo.

El crecimiento que buscamos es el que se basa en los aumentos de productividad, porque como señaló Paul Krugman, Nobel de Economía en 2008, cuando se trata del crecimiento, “la productividad no es todo, pero a la larga es casi todo”. La experiencia de los países que han tenido éxito en este camino muestra que los aumentos sostenidos de productividad se logran a través de la renovación continua de las actividades productivas, asociada a la idea de “destrucción creativa” de Schumpeter, en la cual el mayor valor de lo nuevo desplaza a las actividades de menor productividad.

La pregunta clave entonces es cómo se estimula esta transformación productiva cuando la economía ya ha consolidado sus fundamentos, como es el caso del Chile actual. Considerando que hay más de una respuesta a esta interrogante, es importante mirar la evidencia para identificar las políticas más adecuadas en países de desarrollo intermedio como el nuestro, en el contexto de la globalización y el avance de la digitalización.

Por una parte, está la idea de que la transformación productiva es el resultado espontáneo de la competencia en los mercados. Estos casos operan cuando las capacidades de renovación de las actividades productivas están internalizadas en las empresas. Hay muchos ejemplos que comienzan con una visión emprendedora, que luego descubre una nueva actividad y que finalmente transforma la economía de toda una región. Pero muy pocos de estos casos provienen de ambientes en los que las capacidades de innovación son más frágiles.

Este enfoque está instalado en los organismos multilaterales con sede en EE.UU., los mismos que en la década del 90 idearon el llamado Consenso de Washington. El nuevo equipo económico tiende a identificarse con estas ideas cuando considera que su foco para estimular el crecimiento se reduce a “destrabar” las amarras que tienen retacadas las inversiones del sector privado.

En segundo lugar, está la noción de que la transformación productiva se logra a través de una política pública, en la cual el gobierno tiene los conocimientos necesarios para señalar el camino que deben seguir las actividades productivas y establece los incentivos para que las empresas y los inversionistas adopten el camino definido. Este enfoque se inspira en la experiencia de los países asiáticos, pero también refleja en varios aspectos a las políticas de la administración saliente. De hecho, la Agenda de Productividad, Innovación y Crecimiento fue elaborada “desde arriba” en los primeros 100 días de la administración y luego implementada en los cuatro años siguientes.

El tercer enfoque reconoce que los procesos espontáneos de transformación son cada vez más escasos por la complejidad tecnológica, la transformación digital, la multiplicidad de capacidades necesarias y la globalización de los mercados. También advierte que es cada vez más nítido que el gobierno no dispone del conocimiento que le permita definir prioridades para orientar las nuevas actividades, porque la información para tomar estas decisiones que involucran el futuro está diseminada en muchos actores, por lo que se requiere una estrategia específica para reunirla y procesarla inteligentemente.

Como camino alternativo, este enfoque busca activar las redes de colaboración, en las cuales la calidad de la interacción física constituye su condición basal. En estas redes descentralizadas participan las universidades, empresas, diversos organismos públicos, sociedad civil, emprendedores, entre otros. Su objetivo es reunir el conocimiento que requiere la innovación, que está disperso en muchos actores, y luego organizar iniciativas que promuevan la renovación de las actividades productivas. Se trata de organizar una gobernanza arraigada en las localidades, con una clara voz del ámbito privado. Por estas razones, la mayoría de los países europeos y crecientemente las ciudades en EE.UU. están recurriendo a crear este tipo de ecosistemas locales para que asuman un nuevo protagonismo en el proceso de crecimiento.

En el actual ambiente de entusiasmo, es importante asegurar que la recuperación vaya más allá de un ciclo transitorio y se proyecte como un proceso sostenido. Para lograrlo, Chile debe dejar atrás el mito de la transformación espontánea y la ilusión de que el gobierno puede conducir este proceso. El camino correcto, en cambio, es sumarse a la tendencia mundial que organiza la renovación de las actividades productivas a través de iniciativas que articulan las políticas “desde arriba” con los procesos “desde abajo”. El nuevo equipo económico tiene la palabra, pero también la tienen las universidades y los empresarios que están llamados a ser coprotagonistas de este proceso.