Chile, dos escenarios desastrosos y uno esperanzador

Por Sergio Bitar  

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO

Ante la honda transformación en curso en Chile, no habrá salida simple ni corta. Será larga y tensa. Emergen hoy dos escenarios desastrosos y uno esperanzador. El primero es una decadencia progresiva, con violencia y gobiernos débiles, un Estado fallido. El segundo es una salida autoritaria, que solo puede implantarse con militares, aunque ellos no lo quieran.

El único camino, moderadamente esperanzador, es un acuerdo político concordado con organizaciones sociales, sociedad civil, y con los alcaldes en primera línea. Podríamos encontrar ese camino si promovemos el diálogo en cada lugar de Chile, por un país con mayor justicia y sin violencia.

Exige dejar atrás los esquemas que antes considerábamos de “normalidad”. Lo esencial, además de una nueva Constitución, es poner en marcha medidas sociales contundentes. A cuentagotas no sirve. La economía se desajustará, por cierto, y no será solo por el déficit fiscal derivado del ingente gasto social, sino también por la contracción de la inversión, del consumo. Será necesario, en los próximos días, convenir un plan extraordinario de reactivación, viviendas y otras obras públicas, y un programa especial de empleo para jóvenes y mujeres de muy bajos ingresos o cesantes. No nos confundamos con los equilibrios fiscales. Ahora la misión es salvar la democracia. Luego ajustaremos.

Las fuerzas democráticas deben condenar sin matices la violencia. Es evidente que estamos en presencia de uno o varios pequeños grupos organizados que buscan la destrucción del país y su convivencia. Creer en la espontaneidad es un error garrafal. Esta escalada se detiene con apoyo social, policías reforzadas, bien conducidas, respetuosas de las garantías constitucionales, con inteligencia de verdad. Sin ello, caeremos en la resignación o el autoritarismo. El miedo y la impunidad corroen las instituciones, e impedirían el surgimiento de un espíritu de solidaridad y concordia. Se exacerbaría el individualismo, pasaríamos del rásquese con sus uñas al sálvese quien pueda. Así no hay convivencia.

Quienes por omisión, comodidad o cobardía retarden este decurso serán responsables de los escenarios desastrosos. El gobierno es quien debe conducir, con amplitud, resolución y rapidez. El Presidente y sus partidos deben entender que la prioridad actual no es la defensa de su programa, que ya se desplomó, sino proteger el país y su democracia. El progresismo opositor y las organizaciones sociales deben superar una lógica de ganar conquistas del gobierno, o de caer en la ilusoria creencia de recibir aplausos de los grupos radicalizados. El acuerdo constitucional, la condena a la violencia por senadores y presidentes de partidos opositores, el diálogo con las organizaciones sociales y la acción mancomunada de los alcaldes dan alguna luz al escenario esperanzador. La gente vulnerable y su vida están primero, y priorizarlos supone defender la democracia, implementar un pacto social y actuar contra la violencia. Se acaba el tiempo.