Manfred Max Neef, un pionero como pocos

Por Jorge Heine, abogado, politólogo y exministro de Estado.

A los 86 años, el primer candidato presidencial ecologista de la historia de Chile falleció en Valdivia. El exministro Jorge Heine lo recuerda señalando que “en un Chile de guetos verticales, en que se echan abajo parques urbanos para construir autopistas urbanas y nudos viales monstruosos, de ‘zonas de sacrificio’ con playas tapadas de carbón y de proyectos tan atentatorios contra el medio ambiente como Mina Invierno en Isla Riesco, un país que se seca al punto que lagunas completas (como Aculeo) dejan de existir, los planteamientos de Manfred Max-Neef sobre ciudades y economías a escala humana, sobre la urgencia de proteger nuestra naturaleza y nuestra geografía (tal vez lo mas distintivo de Chile), no dejan de resonar”.

En momentos en que el Ministro de Hacienda nos invita a rezar por una tregua en la guerra comercial entre China y los Estados Unidos, guerra que era absolutamente previsible (como lo eran sus muy negativos efectos en Chile), pero que parece haber tomado al gobierno, a las autoridades del sector económico y a los economistas de Chile de total sorpresa, nos enteramos de la partida del destacado economista Manfred Max-Neef. Manfred (me permito llamarlo así por nuestra amistad de muchos años), encarnó una visión radicalmente distinta de la economía y de lo que constituye el progreso de los países a lo planteado por la escuela neo-clásica que ha dominado entre sus colegas de disciplina en Chile.

En cuatro libros (Desarrollo a Escala Humana, Economía Herética , La Dimensión Perdida, y La Economía Desenmascarada), numerosos ensayos y entrevistas, así como desde la cátedra que ejerció por largos años en la Universidad Austral, puso sobre la mesa una perspectiva diferente sobre la realidad económica. En días en que en Chile el predominio de la Escuela de Chicago era tal que se suprimieron los paraderos de micros porque interferían con la libertad de los conductores de recoger pasajeros donde quisiesen, se atrevió a pensar distinto. Señaló una y otra vez queel crecimiento por el crecimiento era un sinsentido. Para él, el propósito de la economía debería ser traer felicidad a las personas, y no sacrificar a las personas en aras de un supuesto bienestar económico, como se hizo en esos años con el cambio del sistema de seguridad social que bien le había servido a Chile, por cuentas de capitalización individual, que hoy pagan pensiones insuficientes, por decir lo menos.

Un pensador inter-disciplinario en el mejor sentido de la palabra, pensaba en grande, recogiendo elementos de la biología, la psicología y la sociología para sus audaces y heterodoxos planteamientos. Hoy, en que Chile aparece como uno de los países más amenazados por el calentamiento global y la mitad Norte de Chile sufre de una sequía devastadora que tiene a 400,000 chilenos sin agua potable, es obvio que sus prevenciones sobre la urgencia de proteger nuestro entorno y nuestro medio ambiente fueron preclaras.

Conocí a Manfred a fines de 1973 en Santiago, en días no precisamente alentadores para las Ciencias Sociales. Me invitó a un proyecto de investigación para el cual estaba solicitando financiamiento al Social Science Research Council (SSRC) en los Estados Unidos. Con poco más de 40 años, ya había enseñado en Berkeley, en Wellesley College y trabajado en Naciones Unidas. Durante ocho meses nos reunimos semanalmente (las más de las veces, en su casa, en la calle Bello Horizonte, perpendicular a Cristóbal Colón, pasado Manquehue Sur) un grupo de cuatro integrantes del equipo de investigación. Florencia D’Amesti e Isabel Grau completaban el grupo. Conocí allí a Gaby, su encantadora esposa y amor entrañable de toda su vida, y a su hija Magdalena, entonces una niñita, pero que años después haría furor en las tablas chilenas por sus dotes de consumada actriz. Lo acompañamos también en el duelo de la muerte de su padre, Hermann Max, un prominente economista alemán, que había emigrado a Chile después de la Primera Guerra Mundial, y que trabajó por muchos años en el Banco Central, llegando a ser director de estudios en los años cincuenta.

Para un joven aspirante a politólogo, que acababa de terminar su magister en la disciplina, fue una experiencia formadora. Poder seguir semana a semana los razonamientos y la creatividad burbujeante de una mente como la de Manfred, compartiendo lecturas sobre nuestro proyecto, explorando hipótesis variopintas y buscando ángulos diferentes a las interrogantes planteadas, me marcó. Fue en esas sesiones que mi esposa Norma, también economista, le prestó los libros de un antiguo profesor de ella en la Universidad de Puerto Rico, Leopold Kohr, libros como Development Without Aid y otros, que enfatizaban la importancia de la escala humana en el desarrollo económico , y que serían tan significativas en la propia obra de Manfred en años subsiguientes.

A poco andar me encontré de profesor en la Universidad Inter-Americana de Puerto Rico, pero siempre mantuvimos el contacto con Manfred, que conocía Puerto Rico y le tenía mucho afecto desde los tiempos que había trabajado con la Shell. Una de mis frustraciones fue no haber logrado que se materializase una cátedra de economía para Manfred en esa casa de estudios, algo que llegó a estar bastante avanzado, pero que se frustró a último momento por razones administrativas.

Mirando hacia atrás, tal vez fue para mejor. Manfred ya se había hecho su espacio en Chile, siempre en estrecha colaboración con diferentes ONGs internacionales y estaba elaborando en detalle sus conceptos sobre desarrollo a escala humana. ElRight Livehood Award, considerado el “Premio Nobel alternativo de Economía”, que recibió en 1983, fue un reconocimiento clave. Le dio una plataforma desde la cual seguir estructurando sus novedosas ideas sobre la naturaleza humana, la actividad económica y qué nos trae felicidad. Sus libros y artículos fueron traducidos y publicados en numerosos idiomas, abriendo brecha y trayendo una perspectiva latinoamericana a una tradición intelectual europea originada en pensadores como el ya mencionado Leopold Kohr, y el alumno de éste, E.F. Schumacher, autor del clásico Small is Beautiful, libro que marcó época.

Poco más de una década después y encontrándome ya en la Sudáfrica de Nelson Mandela, nuestros caminos se volverían a cruzar. Para sorpresa de mi parte, un día cualquiera en Pretoria se apersonó en mi oficina en la Embajada el director de un instituto de investigación. Después de excusarse profusamente por tomar parte de mi tiempo, me explicó que su instituto se inspiraba en gran parte en las ideas de Manfred Max-Neef, que seguían su obra muy de cerca, y que querían invitarlo a Sudáfrica. Me puse en contacto con Manfred, y pronto llegó a Sudáfrica, donde fue recibido como el gran pensador que fue, dando origen a estimulantes intercambios con economistas y científicos sociales de diferentes disciplinas.

Con todo, el proyecto más gratificante en que colaboramos estaría por venir. Se llamaba “Escribiendo el Sur Profundo” y lo hicimos en 1998, con Manfred de Rector de la Universidad Austral. Junto con Ariel Dorfman y la Nobel sudafricana Nadine Gordimer, y el auspicio de la Cancillería de Chile, organizamos la visita a Chile de escritores sudafricanos y australianos, como André Brink, Wally Serote y Peter Carey. La idea era que, junto a sus pares criollos como Antonio Skármeta y otros, reflexionasen sobre lo que es escribir ficción en el Sur del mundo. Participamos en la FILSA en Santiago, fuimos a Valparaíso y también a Valdivia.

Éramos nueve, y durante dos días en esa bella ciudad fuimos los huéspedes de Manfred, que desplegó a plenitud sus dotes de anfitrión, organizador e intelectual como pocos. Se le notaba feliz en Valdivia, junto a la naturaleza, lejos del smog y los tacos de Santiago, en una casa enorme que se había construido, entre otras cosas para acomodar sus miles de libros.

Un panel con las luminarias literarias fue seguido por un paseo en barco por el Río Calle-Calle y un asado en una de las islas. Esto dio origen a un cuento (“Botín”) publicado por Nadine Gordimer cuatro meses después en The New Yorker , impactada por las historias del terremoto de 1960 y su efecto en Valdivia. La visita a Valdivia fue en muchos sentidos el punto alto de un nutrido programa de una semana de duración en Chile, y ello fue gracias a Manfred. El se preocupó de cada detalle y fina atención, incluso en materias que otras autoridades universitarias habrían delegado a sus colaboradores.

En un Chile de “guetos verticales”, en que se echan abajo parques urbanos para construir autopistas urbanas y nudos viales monstruosos, de “zonas de sacrificio” con playas tapadas de carbón y de proyectos tan atentatorios contra el medio ambiente como Mina Invierno en Isla Riesco, un país que se seca al punto que lagunas completas (como Aculeo) dejan de existir, los planteamientos de Manfred Max-Neef sobre ciudades y economías a escala humana, sobre la urgencia de proteger nuestra naturaleza y nuestra geografía (tal vez lo mas distintivo de Chile), no dejan de resonar.
Sus obras sobre éstos y otros temas se leen y se estudian a lo largo y lo ancho del mundo. En un año en que la COP25 tendrá lugar en Chile y en que los especialistas nos dicen que tenemos poco más de diez años para evitar que las emisiones de carbono causen un daño irreparable al planeta en que vivimos, no sería mala idea volver a sus libros, en los que hay mucho que rescatar.

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