Contra las élites

Por Cristian Valdivieso

La confianza perdida no se recupera; se reconstruye. Y esta reconstrucción necesariamente parte por tomar conciencia del mundo nuevo que emerge, estableciendo quiebres radicales con el que desaparece: un cambio urgente y profundo de orientación y conductas sustentables y creíbles.


Dejémonos de eufemismos. La crisis de confianza, antes que entre la ciudadanía y las instituciones, es entre los ciudadanos y ciertos miembros de las élites que conforman esas instituciones.

Son parlamentarios, empresarios, fiscales, generales de las FFAA, dirigentes gremiales, ministros y Presidentes con nombre y apellido, que validado el nepotismo, han financiado ilegalmente sus campañas, han normalizado la colusión en el mercado, corrompido las organizaciones públicas, torcido procesos judiciales, , traficado influencias y un demasiado largo etcétera.

Todos ellos, lenta pero sostenidamente, han ido socavando la confianza en el conjunto de las élites y en el modo en que administran el poder. Y, de paso, han desacreditado al conjunto de las instituciones.

El descrédito institucional se expresa en índices de confianza ciudadana en las organizaciones que administran el poder que no superan el 10%, y que tiene a una parte creciente de la ciudadanía entusiasmada y ávida de vigilancia y castigo. Castigo que adquiere la forma de venganza, materializada por ahora principalmente en funas y críticas facilitadas por la plaza pública digital conformada por las redes sociales.

Esta emergente posibilidad ciudadana para desnudarla y enjuiciarla públicamente tiene a buena parte de las élites frustradas y haciendo bochornosas pataletas. Por primera vez, se sienten amedrentadas y ven amenazada su capacidad de ejercer y disfrutar del poder como hasta poco lo habían hecho, sin contrapeso y bastante impunemente.

Esto, pese a que hace un buen tiempo Anthony Giddens dio la alerta: “los viejos mecanismos del poder ya no funcionan en una sociedad en que la ciudadanía vive en el mismo entorno informativo que aquellos que los gobiernan”.

Alerta que parte de la élite criolla pareciera no aquilatar. Es que el poder sin el adorno del secretismo seguro codificado como lobby, telefonazos, cocinas, conversaciones de pasillo, censuras editoriales o simples WhatsApp de los que no dejaban huella, se vuelve menos seguro, incluso peligrosos si no se está dispuesto a aceptar que las reglas del juego cambiaron.

Y vaya que cambiaron. En lo que va corrido del año un presidente de directorio se enteró de que ya no podía echar como si nada a las bañistas de un lugar que ni siquiera le pertenecía, a un senador le cayó el tejo de que no bastaba aludir a dimes y diretes para desconocer una reunión impropia, un ministro le avisaron que no es algo “circunstancial” mandar mensajes a alcaldes para que incidan en procesos judiciales y, como si fuera poco, todo Chile está enterado de los pormenores del desastre –o podredumbre más bien- que afecta a la justicia en Rancagua.
En muy poco tiempo, se han develado dinámicas de poder que intuitivamente eran probables, pero inescrutables sin la masificación de las redes sociales. Descubrimientos que han agudizado aún más la desconfianza, en una espiral de búsqueda de nuevos y mayores antecedentes de abusos de poder.

Así, la desconfianza radical deviene en una búsqueda de transparencia también radical, que se hace posible en un mundo conectado y que se sacia simbólicamente en esta sed de venganza -envidia insisten algunos- hacia élites que el ciudadano de a pie mira con descrédito y rabia.

La confianza perdida no se recupera; se reconstruye. Y esta reconstrucción necesariamente parte por tomar conciencia del mundo nuevo que emerge, estableciendo quiebres radicales con el que desaparece: un cambio urgente y profundo de orientación y conductas sustentables y creíbles.

De lo contrario es bien probable que la sed de venganza mute desde una simbólica y digital, como la que estamos presenciado, a una real y concreta, como por ejemplo eligiendo a un populista como Presidente. Candidato erigido justamente a partir de la impugnación de esas mismas élites y usando como carnada, distorsiones e infundios, ya confundidos en el descrédito general.

Posiblemente terminaría siendo la más simbólica y nefasta venganza, con consecuencias insospechadas para nuestra democracia liberal. La posibilidad de avivar o aquietar las brasas está aún del lado de las mismas élites, siempre que acepten que la nueva realidad y que aprendan los nuevos modos de jugar con el fuego de una ciudadanía cada vez más enrabiada y con ansias de castigo.

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